miércoles, 4 de enero de 2017

Evadido en pleno mediodía


Hay torres de cristal, cemento y cadenas dentro de las cuales relojes de manecillas inmóviles vigilan impasibles el progreso sobre el teclado, mientras torniquetes a sueldo controlan el flujo de anónimos empleados. Ninguna de esas prisiones tiene ya sentido para él, pues se ha decretado a sí mismo amnistía navideña de tan mundanas galeras, y ahora no se verá obligado a dar explicaciones a nadie por dirigir su mirada hacia aquella urraca que codiciaba las migas de bocadillos mal digeridos o a esa bandada de gorriones que se empeñaba en trinar con algarabía aunque el cielo bramase enfurruñado. Contempla de lejos el destello de las ventanas que nunca se abren y les dedica un gesto de despedida, ni grosero ni afectuoso, pues nada tienen ya que ver con su vida. Detrás de aquel cristal opaco aún puede visualizar la silueta de algunos compañeros por los que siempre sentirá afecto. ¡Ojalá no se le aparezcan en sueños! Cruza la carretera hasta el parque habitado por otros insatisfechos, que rumian pensamientos de fuga mientras rumian su alimento.
“Así era yo”, murmura avanzando sin atreverse a mirarles de cerca. “Aquí fragüé mi fuga tantas veces antes, sin lograr jamás escaparme”.

Pero todo eso ha dejado ya de incumbirle, y lo va olvidando según se aproxima el lánguido autobús de vuelta, al que pronto dirá adiós con la mano extendida de gozo. Media hora de traqueteo en un lenguaje ininteligible le conducirá hasta un dédalo de calles hermosas, hasta el corazón de un mundo de paseantes que lucen oficialmente su alegría en el ojal, hasta el ojo de un huracán habitado por compradores ebrios de emociones fuertes. Anuncia el final de su viaje un coro de niños que parpadean al compás del alumbrado de Navidad. Despide con un pañuelo dorado al autobús, viejo amigo de penalidades, barca de Caronte perdida ya en la bruma del pasado inmediato en el que se zambulle. No encontrará aceras vacías en aquel universo recién descubierto, solo gente viva viviendo en su tiempo prestado, exploradores del espacio aficionados que se niegan a creer con todas sus fuerzas que la oficina es un agujero negro, seres que buscan su ser auténtico en el oropel de un escaparate empañado. Bajo aquel luminoso mantel navideño, tejido en atávico hilo rojo, comerá del mismo modo en que solía comer en domingo, pues jamás volverá a comer sin alma, y dejará que un litro de vino espumoso haga con él lo que quiera, y sentirá que su ser se expande, aunque su mente se adormezca, y empezará desde cero, sentido a sentido, hasta descubrirse a fondo en el fondo de los ojos de la mujer que le espera.





Epílogo

Alguien le desea Feliz Navidad desde el otro lado de la mesa. La sonrisa que acompaña la frase se asemeja mucho a la perfección. Sus ojos sonríen al levantar la copa hacia él mientras, en algún lugar del establecimiento, suena una orquesta de ángeles anglófonos dirigida por Ray Conniff. Una mirada más intensa deja entrever nuevos detalles de la visión que tiene ante sus ojos. Los velos van cayendo uno tras otro. De repente, el barniz de ámbar que reluce en el cuello de la mujer le recuerda que ahora, más que nunca, es el momento de amar la vida.