sábado, 9 de enero de 2016

EL LONDRES DE MINNELLI



Mamá nos complica la vida”, delirante titulo con que fue rebautizada “The Reluctant Debutante” para su estreno en España, nos ofrece una visión desternillante de las costumbres de la alta sociedad británica de finales de los años 50, retratada con amable elegancia por Vincente Minnelli. La obra de teatro homónima de William Douglas-Home, publicada en 1956, sirve de sólida base para esta entrañable comedia en Cinemascope donde el bueno de Rex Harrison (Jimmy Broadbent), antes de convertirse en el profesor Higgins o de subirse a su Rolls Royce amarillo, acude a sus quehaceres ministeriales muerto de sueño tras pasarse las noches de fiesta en fiesta para que su hija norteamericana pueda debutar en sociedad. Por si esto fuera poco, también debe hacer frente a las constantes maquinaciones de su esposa Sheila (Kay Kendall, tan encantadoramente chiflada como siempre) para lograr emparejar a la jovencita Jane (interpretada por la célebre Sandra Dee, a quien Stockard Channing parodiaría años después en Grease) con un mozo de alta alcurnia británica. No faltan otros personajes para enriquecer el hilo argumental de este vodevil exquisito, como la amiga-rival de clase alta Mabel Claremont, a la que da vida la distinguida Angela Lansbury; el fatuo capitán de granaderos David Fenner, que no cesa de hablar del tráfico londinense ni siquiera cuando está bailando con una dama; y el modesto batería de jazz estadounidense David Parkson (John Saxon), que no es exactamente lo que aparenta y esconde un blasón heráldico nada despreciable en la manga. La película, rodada en 1958 y escrita por Julius J.Epstein, teje un sabroso salteado de equívocos, situaciones disparatadas y diálogos chispeantes a través de los cuales, para nuestro regocijo, se nos da la oportunidad de contemplar a unos adultos que se comportan como adolescentes y a unos jóvenes que actúan con la seriedad propia de los adultos más acérrimos. Es el mundo al revés, el Londres más colorido y afable que uno pueda imaginarse. Pero es que estamos en los dominios de la Metro-Goldwyn-Mayer, y en una época de colores saturados (como el célebre rojo minnelliano) y rostros de celuloide inolvidables donde la fantasía aún prevalecía sobre la realidad.