jueves, 29 de diciembre de 2016

DEBBIE REYNOLDS, SIEMPRE A FLOTE

Querida Debbie:


He leído con estupor que ya no figuras en el cartel de mitos vivientes, tú que siempre fuiste tan insumergible como el personaje de Molly Brown que tanta fama te granjeó. Eras una de las actrices del Hollywood clásico que todavía seguía exhalando su aliento legendario entre los demás mortales. Tú, que cantaste bajo la lluvia con Gene Kelly, deslumbrándole al salir de una tarta de cumpleaños en los años 20 vistos bajo el prisma technicoloreado de 1950. Tú, que te lanzaste a La Conquista del Oeste en las tres pantallas anchas del Cinerama y acabaste conquistando, al compás de los dulces acordes de A home in the meadow, a Gregory Peck, el truhán más impasible del Far West. Siendo pequeña de estatura, ningún papel te pareció demasiado grande, y hasta te atreviste a hacer de sheriff femenino sin temor a quedarte Sola ante el peligro.



Por ti perdió su vocación Tony Randall, el inspector de hacienda al que tu padre, el bonachón de Paul Douglas, dio a beber unos tragos del explosivo cóctel “Hiena reidora” en la divertida Cómo encontrar marido (1959) para que este se olvidara de los impuestos atrasados que había ido a investigar a vuestra granja de Maryland. ¿Y qué me dices de aquella vuelta a España que te marcaste con Glenn Ford en un futurista descapotable rojo? Pasabas de dormir bajo el embrujo de la noche granadina a admirar el Alcázar de Segovia en un abrir y cerrar de ojos. Todo empezó con un beso en 1959, aunque Glenn volvió a hacer de marido tuyo en Un muerto recalcitrante ese mismo año. También recuerdo que repetiste nombre propio (según el título comercial que se les dio en España) en dos comedias cincuenteras, Las tres noches de Susana y Los líos de Susana, ambas de lo más entrañable, donde te emparejaron con Dick Powell y Eddie Fisher, el futuro padre de tu hija Carrie.


Bette Davis te quiso casar por todo lo alto con Rod Taylor en aquel Banquete de boda en B/N que orquestó Richard Brooks en 1956, ruina que evitó en el último momento la sensatez de tu padre, el taxista Ernest Borgnine. ¡Y qué trampa tan tierna le tendiste a Frank Sinatra cuando le expusiste tu milimétrico programa matrimonial en El solterón y el amor! Luego llegó el divorcio a la americana con el ex deshollinador Dick Van Dyke y tuviste el placer de la compañía de Fred Astaire, sin sus zapatos de baile en esta ocasión. Por cierto, ¿te acuerdas cuando, bajo las órdenes de Minnelli, te reencarnaste en el sexo opuesto en Adiós, Charlie ante los divertidos gestos de sorpresa de Tony Curtis, con quien ya te habías perdido en la gran ciudad neoyorquina años antes? Tampoco olvido cuando vestiste los hábitos en Dominique para encarnar a aquella monja cantarina que, con su guitarra al hombro y un corazón de oro, trataba de ayudar a todo el que se cruzara en su camino. Puedes estar orgullosa de tu carrera. Incluso enamoraste a Leslie Nielsen (mucho antes de que Hollywood descubriera su vena paródica) con aquella divertida inocencia juvenil que derrochaste en Tammy, la muchacha salvaje. ¡Qué emotivamente cantaste el tema musical que te compuso Ray Evans, y que convertiste en hit de 1957!





Debbie, no sé cómo te las has apañado, pero siempre te has mantenido a flote en el agitado mar del celuloide. Ni siquiera te hundiste con el Titanic cuando encarnaste a Molly Brown, la campesina de Denver convertida en millonaria a la que no intimida el desprecio de que es objeto por las clases altas de la ciudad. Ha pasado mucho tiempo desde que Gene Kelly te cantó con ojos tiernos aquello de “You are my guiding star” en aquel plató de cine vacío, pero creo que, en esencia, sigues siendo la misma. Seguro que quienes fueron tus compañeros de reparto suscriben esta opinión cuando te vean aparecer por ahí arriba.
Bueno, Debbie Brown, Molly Reynolds, o como prefieras llamarte en la pantalla plateada, ha llegado el momento de desearte un “happy feeling” entre bastidores, como rezaba el bonito título original de aquella comedia de Blake Edwards que te arrojó a los brazos de Curd Jürgens y John Saxon, allá por 1958. ¿Te trae buenos recuerdos? Pues este sentimiento feliz es a prueba de naufragios, así que súbete confiadamente a bordo de él y no desembarques hasta alcanzar la otra orilla, donde la lluvia solo moja los decorados y a las actrices del cine mudo con voz chillona les doblan ruiseñores como tú, ocultos detrás de un telón. 



martes, 15 de noviembre de 2016

Robert Vaughn, un agente secreto con vocación shakespeariana

Admitámoslo. Parece el código cifrado de una de las misiones en las que intervino Robert Vaughn en la serie “El agente de la CIPOL”. El “espía” que nació el día 22 del mes 11 del año 1932 ha fallecido el día 11 del mes 11 del año 2016, exactamente 11 días antes del que hubiera sido su 84 cumpleaños. Ahora será su compañero, el ruso Ilya Kuriakin (interpretado por el actor escocés David McCallum, a quien todos recordamos como uno de los prisioneros ingleses fugados en La gran evasión), quien tendrá que llevar el peso de todas las operaciones de la UNCLE o CIPOL (Comisión Internacional para la Observación de la Ley), como se conocía a esta organización en los países de habla hispana. Menuda faena nos ha hecho Napoleón Solo. Un héroe menos para salvar al mundo. Cómo si sobrasen tales personajes en los tiempos que corren. Robert Vaughn saltó a la fama con esta entretenida serie de espionaje internacional que recorrió todo el planeta en B/N y tecnicolor entre 1964 y 1968, y en la que él y su homólogo ruso, con el apoyo de atractivas mujeres de paisano, hacían todo lo posible menos despeinarse para derrocar los malvados planes con los que aviesos megalómanos de la organización THRUSH (prima hermana de la SPECTRA bondiana) pretendían extorsionar a sus semejantes.

Pero Vaughn no siempre fue un espía vestido de forma irreprochable y capaz de salir de las situaciones más desesperadas con buen humor y galantería. Allá por la Edad de Piedra, a finales de los años 50 cinematográficos, ya hizo sus pinitos como troglodita engominado en Yo fui un cavernícola adolescente para el director Roger Corman, especialista en hacer malabarismos con presupuestos irrisorios. Un pecadillo de juventud que no empañó su carrera cinematográfica más seria, y que el actor recordaba con su buen humor característico como la época “en la que inventé el arco y la flecha”. Al año siguiente, ofreció una creación conmovedora como el alcoholizado joven de la alta sociedad de Filadelfia abocado a un final trágico en La ciudad contra mí (The Young Philadelphians), acompañado de Paul Newman y Barbara Rush. También se paseó brevemente por los escenarios polvorientos del western para evitar ser ahorcado en Un buen día para una ejecución (1958) y, sobre todo, para unirse al mítico grupo de Los siete magníficos junto a otros grandes del Séptimo Arte en 1960. Su composición de Lee, el pistolero de chaleco gris, pajarita y guantes negros a quien le atormentan las pesadillas, fue tan memorable como la de los otros Seis Magníficos, pero Vaughn no parecía haber nacido para deambular por el Lejano Oeste llevando un revólver al cinto, sino que su presencia refinada y algo inquietante se adaptaba más al hábitat contemporáneo.






Y es que Robert Vaughn se movía como pez en el agua en los ambientes sofisticados, aquellos escenarios cosmopolitas que le sentaban tan bien en The Man from UNCLE y que volvió a retomar en otra de las grandes series televisivas que protagonizó en la década posterior: Los protectores. Este clásico de la pequeña pantalla, producido por Gerry Anderson para la distribuidora británica ITC, se emitió desde 1972 hasta 1974, y en ella Vaughn encarnaba a Harry Rule, director de una organización formada por tres agentes (uno de los cuales era una condesa italiana) que combatían el crimen desde su cuartel general de Londres. La capital del Reino Unido sería la segunda patria del intérprete durante casi 3 años, y a ella se adaptó con una facilidad que tal vez se explique por ese estilo impecable de gentleman yanqui que proyectó en tantas películas y por su cercanía a los teatros isabelinos que vieron representar por vez primera la obra de William Shakespeare, verdadera debilidad de Robert desde su juventud. El actor tuvo oportunidad de aparecer en una adaptación shakespeariana rodada en los estudios de la MGM en Borehamwood, El asesinato de Julio César (1970), a las órdenes de Stuart Burge, donde encarnaba a un barbudo Casca, pero el film no estuvo a la altura de otras versiones del Bardo de Stratford-upon-Avon.


Sea cual fuese el género que visitara, Vaughn siempre dejó en el público la impronta de un actor meditativo y con cierto aire intelectual. ¿Quién habría pensado que el espía neoyorquino suspirase por declamar el monólogo de Hamlet mientras actuaba en estas series tan veneradas en la actualidad? Pero lejos de ser un snob, el dandy Vaughn disfrutaba del calor de sus admiradores e incluso se permitía hacer algún cameo gracioso, como el del fotógrafo italiano de Si hoy es martes, esto es Bélgica (1969) o el de Napoleón Solo en la comedia de espías Una sirena sospechosa (1966).  


Una peculiaridad de Vaughn es su pasmosa facilidad para resultar convincente en “papeles con dotes de mando” (mi hermano y yo siempre hemos bromeado con esto último. Si hay que ponerle cara a un jefe de lo que sea, es mucho más fácil imaginarlo con los rasgos de Robert Vaughn, es decir, de alguien a quien uno se ha acostumbrado a ver mandar con naturalidad en el celuloide). Prueba de ello son sus hábiles composiciones del corrupto político Chalmers que le pone las cosas difíciles a Steve McQueen en Bullitt, el senador irresponsable de El coloso en llamas o el comandante alemán y el coronel norteamericano, respectivamente, de dos conocidas películas bélicas, El puente de Remagen y Objetivo Patton. El porte algo autoritario de Vaughn y su aspecto de mandamás distinguido habrían desentonado indudablemente en papeles de subalterno. Sus personajes apuntaban cada vez más hacia las altas esferas al tiempo que hacía amistad con figuras históricas de su tiempo como Robert Kennedy. De hecho, a principios de los ochenta interpretó (como no podía ser de otra manera) al presidente norteamericano Franklin Delano Rooselvet en la obra de teatro televisiva FDR, que le valió excelentes críticas. En lo personal, a Vaughn siempre le interesó la política y fue un acérrimo defensor de los derechos civiles, llegando a pronunciar discursos en contra de la guerra de Vietnam y manteniendo una afinidad a los círculos demócratas de por vida.



Como escribía en su imprescindible autobiografía, A fortunate life, publicada en 2009, Vaughn vivió una vida afortunada y apenas se arrepintió de no haber materializado algunos proyectos. Al elegante espía de la CIPOL le hubiera gustado interpretar a Cyrano, a Ricardo III, al profesor Henry Higgins y a algún otro personaje del repertorio más clásico, e incluso confesaba que no le hubiera disgustado aprender a cantar, pero el destino decidió llevarle por otros derroteros y convertirlo en icono de las series de espionaje más cool de los 60 y 70. El agente secreto que tan bien nos supo proteger durante tantas temporadas en las 625 líneas de nuestros viejos televisores ha dejado de existir. Napoleón Solo ya ha conocido al otro Napoleón, el más bajito y con acento francés. Esperemos que ahí arriba, donde hace tiempo que cabalgan los otros Magníficos del Espacio, le dejen mandar un poco de vez en cuando. Hablamos de Robert Vaughn, señores. Quien tuvo, retuvo.



miércoles, 5 de octubre de 2016

Sin señales del frente










Si hay algo más satisfactorio que escribir para quienes nos hemos comprometido a tratar de crear belleza con las palabras, es que te publiquen. Ayer mismo, recibí la excelente noticia de que mi relato “Sin señales del frente”, de tema antibelicista, había sido seleccionado para su publicación en la revista literaria electrónica de la página web “Letras en la Frontera”, cuyo lema para la convocatoria es realmente hermoso: “Las letras son puentes”. Me alegra enormemente ser uno de los primeros pilares que sostienen ese puente de letras al que deseo una larga vida.


viernes, 16 de septiembre de 2016

EL PLANO ABSOLUTO DE MONAHAN



Este microrrelato, con el que concursé recientemente en el Certamen de Relatos de Cine de Huesca, está dedicado al genial cineasta John Ford, quien nos enseñó a mirar la vida con ese irresistible filtro de lirismo épico tamizado de humor que tan bien supo aplicar a sus películas. Como diría el bueno de Michaleen Flynn en El hombre tranquilo, una de sus obras más inolvidables, la labor de este singular pintor de escenarios cinematográficos, rebautizado Max Monahan en el texto que estáis a punto de leer, fue absolutamente “homérica”.  







El Séptimo de Caballería se había declarado en huelga. Aquellos gallardos jinetes de azul exigían que les dirigiera Maxwell Monahan, el genial cineasta irlandés que, a su juicio, mejor partido había sacado del regimiento de Custer al compás de nostálgicas marchas militares y bailes de gala. Cuando el director fue informado de ello, se limitó a decir sin asomo de orgullo:

– Me da exactamente igual dirigir a los “cuchillos largos” o a la perra Lassie, con tal de que no pongan pegas cuando les filme en plano absoluto.

Alarmados, los productores de westerns de alto y bajo presupuesto solicitaron la intercesión de John Tayne, la estrella del género que tan bien conocía la personalidad de Monahan, pero este tampoco les sirvió de gran ayuda:

–Si Max dice que le da igual, quiere decir exactamente eso –explicó el corpulento astro con acento texano–. No recomiendo presionarle. Podríais salir escaldados. En cuanto a lo del plano absoluto, yo sólo estuve a punto de lograrlo con él una vez, y casi me dejo la piel en ello…

Maxwell Patrick Monahan, nacido en el condado de Sligo en 1889, llevaba décadas buscando el equilibrio entre realismo y artificio. Sostenía, con irrebatible tozudez irlandesa, que en cada toma que se realizaba con una cámara de cine, podía llegar a captarse en ocasiones una escurridiza conjunción de matices que sólo él entendía y que, para facilitar su comprensión al resto de los mortales, denominaba “el plano absoluto”.

–A usted le gusta mi película Las ciruelas del rencor –explicaba con autoridad en una entrevista concedida a Photoplay– porque es fiel a la realidad. Y si le cautivó El hombre sereno, seguro que fue por su paradisíaca imagen artificial. Pero en mi próximo film solo se verán plasmadas en la pantalla sus cualidades intrínsecas. Lo rodaré en plano absoluto, ¡el plano Monahan!


Nadie supo jamás si Monahan halló su quimera soñada alguna vez, pero ante las continuas huelgas protagonizadas por soldados de caballería, indios confinados en reservas, sheriffs, cowboys y cuatreros, toda la industria cinematográfica acabó siguiéndole la corriente.




jueves, 7 de abril de 2016

Las hojas secas de Karone


Las hojas secas de Karone” invita a mirar a las personas bajo una luz diferente para captar su lado más especial, su naturaleza más auténtica. Una mirada pura, dirigida desde el corazón. Para este certamen tan solidario, quise escribir 1.000 palabras de esperanza que girasen en torno a 2 símbolos muy queridos para mí: el libro y el árbol. Las páginas y las hojas. Porque somos páginas distintas que se enriquecen al mezclarse con otras páginas; hojas diversas pero comunes al mismo árbol. Diferentes y a la vez hermanados. Este anhelo de fraternidad, este llamamiento a la fraternidad entre culturas, es el latido que recorre mi relato. El hecho de que “Las hojas secas de Karone” haya recibido el Premio del Público en el Concurso de RelatosAntirracistas organizado por SOS Racismo Madrid, el pasado 2 de abril, me llena de satisfacción. Ojalá su mensaje traspase los límites del Teatro del Barrio, donde se representó por primera vez, y de la Cineteca, el espacio donde vivió su segunda escenificación y que sirvió de recinto para la ceremonia de entrega de galardones, y pueda llegar así al corazón de quienes deseen escucharlo en otros lugares.









jueves, 17 de marzo de 2016

A DRINKING SONG

A DRINKING SONG (William Butler Yeats)
Versión bilingüe de Ricardo José Gómez Tovar





Wine comes in at the mouth
And love comes in at the eye;
That’s all we shall know for truth
Before we grow old and die.
I lift the glass to my mouth,
I look at you, and I sigh.



El vino por la boca entra
y el amor por el ojo se adentra;
Esa es la única verdad que conoceremos
antes de envejecer y morir.
Levanto el vaso hasta mis labios
y, al mirarte, un suspiro dejo salir.



sábado, 9 de enero de 2016

EL LONDRES DE MINNELLI



Mamá nos complica la vida”, delirante titulo con que fue rebautizada “The Reluctant Debutante” para su estreno en España, nos ofrece una visión desternillante de las costumbres de la alta sociedad británica de finales de los años 50, retratada con amable elegancia por Vincente Minnelli. La obra de teatro homónima de William Douglas-Home, publicada en 1956, sirve de sólida base para esta entrañable comedia en Cinemascope donde el bueno de Rex Harrison (Jimmy Broadbent), antes de convertirse en el profesor Higgins o de subirse a su Rolls Royce amarillo, acude a sus quehaceres ministeriales muerto de sueño tras pasarse las noches de fiesta en fiesta para que su hija norteamericana pueda debutar en sociedad. Por si esto fuera poco, también debe hacer frente a las constantes maquinaciones de su esposa Sheila (Kay Kendall, tan encantadoramente chiflada como siempre) para lograr emparejar a la jovencita Jane (interpretada por la célebre Sandra Dee, a quien Stockard Channing parodiaría años después en Grease) con un mozo de alta alcurnia británica. No faltan otros personajes para enriquecer el hilo argumental de este vodevil exquisito, como la amiga-rival de clase alta Mabel Claremont, a la que da vida la distinguida Angela Lansbury; el fatuo capitán de granaderos David Fenner, que no cesa de hablar del tráfico londinense ni siquiera cuando está bailando con una dama; y el modesto batería de jazz estadounidense David Parkson (John Saxon), que no es exactamente lo que aparenta y esconde un blasón heráldico nada despreciable en la manga. La película, rodada en 1958 y escrita por Julius J.Epstein, teje un sabroso salteado de equívocos, situaciones disparatadas y diálogos chispeantes a través de los cuales, para nuestro regocijo, se nos da la oportunidad de contemplar a unos adultos que se comportan como adolescentes y a unos jóvenes que actúan con la seriedad propia de los adultos más acérrimos. Es el mundo al revés, el Londres más colorido y afable que uno pueda imaginarse. Pero es que estamos en los dominios de la Metro-Goldwyn-Mayer, y en una época de colores saturados (como el célebre rojo minnelliano) y rostros de celuloide inolvidables donde la fantasía aún prevalecía sobre la realidad.