martes, 29 de septiembre de 2015

LA CABALGADA DE BILLY BROLIN


 I.
Los tres jinetes parecían ser parte permanente del paisaje árido y polvoriento que llevaba recorriendo desde hace varios días. Cabalgaban lo suficientemente lejos como para que no acertara a distinguirlos, pero lo suficientemente cerca como para saber que estaban ahí. Billy Brolin se restregó un pañuelo por la frente y constató con desagrado su propia suciedad. Necesitaba urgentemente llegar a esa ciudad que ya se perfilaba al otro lado de las lomas. Habían sido cuatro días de viaje a lomos de un caballo que le había ido gradualmente sorprendiendo por su resistencia, una montura por la que no hubiera apostado en ninguna carrera de velocidad pero que había demostrado una fortaleza admirable. Cuatro días en los que no le había faltado la compañía de su desconocido séquito. Billy Brolin echó una mirada a sus perseguidores antes de volver grupas hacia el villorrio que pronto le cobijaría. Un buen trago de whisky disiparía esa naciente inquietud que empezaba a sentir.





II.
Aquel alcohol de quemar nunca le había sabido tan bien. De un sorbo, todas las penurias del viaje quedaron borradas. Esa misma noche habría actuación de unas atractivas coristas recién llegadas de Abilene, y el barman le había asegurado que aquel salón ahora semivacío se llenaría hasta los topes. En medio de semejante anticipo de euforia, Bill Brolin se acordó de algo menos agradable. Mientras indicaba que le sirviesen otra dosis de lo mismo, se acercó hasta las puertas y asomó su rostro, ennegrecido por la barba, al exterior. Un grupo de chavales jugaba a echar el lazo a una figura de madera.
–Eh, muchachos, ¿queréis ganaros medio dólar cada uno por hacer lo que yo os diga?
–¿De qué se trata, señor? –inquirió el más avezado con la mirada brillante de curiosidad.
–Simplemente quiero que tengáis los ojos bien abiertos. Si veis a tres jinetes entrar en el pueblo, corred a avisarme. Ahora estoy en el salón y, dentro de un rato, pasaré por la barbería y la casa de baños.      
El muchacho asintió con gesto serio y se reunió con sus compañeros. Brolin pensó que le recordaba un poco a él mismo, no hacía tanto tiempo.

III.
El rostro que le devolvió el espejo era el de otra persona. Afeitado, recién bañado y con aquella comida caliente que le había devuelto el vigor a su cuerpo, Billy Brolin podría enfrentarse con cualquier cosa. Mientras se abrochaba la guerrera, echó un vistazo a la calle principal. Ni rastro de aquellos jinetes. Los muchachos tampoco le habían dado ningún chivatazo al respecto, por lo que todo apuntaba a que podría pasar su primera y última noche en aquella localidad de Arizona en medio de una algarabía etílica al compás de los insinuantes movimientos de tan prometedoras coristas. Justo en aquel momento, alguien llamó a su puerta.
–¡Señor Brolin! ¡Abra, señor!  
Eran voces juveniles. Sus vigilantes habían visto algo o no osarían subir a molestarle.
–Están abajo, señor –dijo el muchacho–. Quieren que baje usted a hablar con ellos. Me han dicho que le enseñara esto.
Billy Brolin examinó el objeto. No era más que un camafeo con un retrato de mujer en él. No la había visto en su vida. Dio una propina al muchacho y se dispuso a bajar.

IV.
–Un joven virginiano de buenos modales –exclamó el barman con estupor–. ¡Quién hubiera pensado que fuese amnésico!
–No se acordaba del hogar que dejó antes de la guerra hasta que esos hombres vinieron a buscarle –añadió el barbero–. ¡Su propia familia!

–Bebamos por su recuperación, Jack –propuso lacónicamente el barman.