sábado, 27 de diciembre de 2014

La esperanza es esa cosa con plumas

Mi traducción de este bello poema de Emily Dickinson, con esperanzas de que el nuevo año que se avecina, 2015, sea muy parecido a lo que dice el texto.



La esperanza es esa cosa con plumas
que se posa sobre el alma
y entona la melodía sin palabras
sin jamás cesar en su canto.

Y es el sonido más dulce en plena galerna,
pues feroz tendrá que ser la tormenta
capaz de consternar al pajarillo
que a tantos abrigó con su calor.

En las tierras más gélidas lo he oído,
y también en el mar más extraño,
mas nunca, ni siquiera ante la necesidad,
exigió una sola migaja de mí.






“Hope” is the thing with feathers


“Hope” is the thing with feathers -
That perches in the soul -
And sings the tune without the words -
And never stops - at all -

And sweetest - in the Gale - is heard -
And sore must be the storm -
That could abash the little Bird
That kept so many warm -

I’ve heard it in the chillest land -
And on the strangest Sea -
Yet - never - in Extremity,

It asked a crumb - of me.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Una doble para tres


1.
Podíamos ver las olas rompiendo apaciblemente contra la playa mientras ágiles sombras de gaviotas planeaban con elegancia sobre las arenas desiertas. Ninguno de los dos quería perderse aquella escena, a pesar de que la bebida ya se había agotado.

–Voy por repuestos –anuncié, según me levantaba de la silla y cruzaba el umbral de la terraza para descorchar otra botella de Lambrusco. En un ángulo del espejo de la habitación aún saltaba a la vista la romántica frase escrita con lápiz de labios horas antes. “Las cosas que podemos hacer cuando vamos a un hotel”, musité con gesto divertido. Fuera ya empezaba a oscurecer y las gaviotas que antes volaban ahora deambulaban por la dorada arena en busca de comida o de un lugar donde dormir.

–¿Sabes que la playa es el hotel de las gaviotas? –dijo Sofía–. Lo leí no sé dónde. Dicen que también duermen en los tejados y en los barcos anclados en el puerto.   

–No se me había ocurrido. Brindemos por ellas.


Las copas se entrechocaron y ambos bebimos el néctar rosado. Sólo nos quedaban unas horas para seguir respirando aquella brisa marina que inundaba la terraza. Mientras nos poníamos a bailar en la penumbra, dejándonos llevar por las hermosas sensaciones que nos embriagaban, escuchamos un ruido a nuestras espaldas.


–¡Vaya, ésta sí que es buena! –exclamó Sofía riendo­.

Yo me volví para averiguar qué le hacía tanta gracia y descubrí a una gaviota más grisácea que blanca mirándonos con curiosidad desde la barandilla. En cuanto nos hubo examinado, dio un saltito hasta la mesa y empezó a picotear graciosamente las migas de pan y los restos de patatas fritas que yacían intactos.

–¡En las terrazas! –exclamó Sofía con el tono emocionado de quien se acuerda repentinamente de algo­–. Ese artículo también decía que hay gente que se las ha encontrado durmiendo en su terraza…




–¿Y ahora qué hacemos? –añadí perplejo–. Porque no parece tener mucha prisa por irse.

En efecto, tras dar buena cuenta de todos los restos de comida que había sobre la mesa, la gaviota pasó a acomodarse en una de las sillas, la que tenía un cojín. Desde allí, siguió mirándonos con expresión curiosa y cada vez más soñolienta.



2.
Antes de dejar libre la habitación, nos despedimos de ella. Seguía durmiendo como una bendita sobre el confortable cojín. Sofía le dejó algo de agua en un plato de plástico y, debajo de éste, una nota que decía “No molestar”.


jueves, 13 de noviembre de 2014

Alambre de Letras

La mayor contienda que el mundo había conocido hasta aquel momento dio comienzo hace 100 años, el 28 de julio de 1914, el día en que Johnny cogió su fusil para recorrer unos senderos que no serían precisamente de gloria. Y es que el camino desde las alambradas hasta Tipperary era mucho más largo de lo que parecía, y muchos ya nunca volverían a ver ni Piccadilly ni Leicester Square, como decían las estrofas que cantaban los Tommies (soldados británicos) y Doughboys (reclutas americanos) de la época…


Para no olvidar jamás el daño que, un siglo atrás, el hombre fue capaz de infligir a sus semejantes en lugares como el Marne o el Somme, una audaz editorial de nuevo cuño, Neonauta Ediciones, ha decidido apostar por una propuesta de desbordante imaginación, y además servida en ese formato de papel que ya casi parece una rareza, recuperando de las trincheras esta singular antología de relatos entre los que tengo el honor de figurar como autor. Pero la cosa no queda sólo en la mera hazaña bélica, o antibelicista, ya que Alambre de Letras ha enriquecido el hilo conductor de la Gran Guerra hermanándolo con las temáticas de ciencia ficción y pulp, dos vertientes que constituyen la base de su línea editorial.





Mi aportación literaria a esta recopilación de 14 visiones sobre la guerra del 14 se produce en forma de un relato de viajes en el tiempo que lleva por título El hombre que vivió un instante de dos guerras. En él encontraréis a un personaje que protagoniza una situación insólita durante el conflicto mundial que aglutina estas historias, todo ello aderezado con elementos fantásticos y anacrónicos. No puedo opinar acerca de los demás relatos incluidos en el volumen, ya que aún no los he leído, pero estoy seguro de que no tienen desperdicio. En cualquier caso, valga mi agradecimiento a Neonauta Ediciones por esta antología que acaba de ver la luz, así como a los lectores que deseen adquirir la obra, editada con unas magníficas ilustraciones para la ocasión, por decidirse a acompañarme en un extraño periplo a través del tiempo mientras leen El hombre que vivió un instante de dos guerras.



viernes, 26 de septiembre de 2014

El sonido de la paz perdida



Studying French
El zumbido se podía escuchar desde las trincheras de Verdún hasta el rincón más remoto del frente oriental. Era algo que se asemejaba al inquietante preludio que antecede a la explosión de un proyectil de mortero, pero que no llegaba a estallar en ningún momento. Los que soportaban el asedio de Amberes juraron que se trataba de un cometa, a pesar de no haber visto ninguno en toda su vida, y otro tanto afirmaron quienes combatían en Passchendaele y Charleroi, lugares cuya tierra se hallaba tan socavada de cráteres que les recordaba a los dibujos de los mapas lunares. Un soldado belga dibujó, con el único brazo que le quedaba, a sus compañeros caídos aquella misma tarde mientras estos perseguían la fantasmagórica estela del cometa Halley. El dibujo fue pasando de mano en mano, como un relevo que mezclaba a vivos y muertos, hasta que el fuego lo desintegró casi completamente en la batalla de Arrás. Fue entonces cuando un ensayo de lluvia otoñal empapó aquel retazo de papel superviviente hasta que la tinta se evaporó en forma de rocío. Antes de morir, un soldado francés se mojó los dedos con la tinta evaporada en la húmeda hoja de un helecho extraviado junto a la Línea Maginot. Para entonces, había empezado una nueva guerra, aunque otros creían que seguía siendo la misma, todavía inacabada. Los que oyeron el zumbido acercándose cada vez más a su posición no pudieron evitar pensar que, antes que a un cometa debilitado o a una lejana supernova, aquello guardaba un extraño parecido con el triste sonido de la paz perdida. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

EL ACTOR QUE SOBREVIVIÓ A LA GRAN GUERRA


La existencia del actor Herbert Marshall (1890-1966), ese británico alto, de porte distinguido, maneras educadas, emociones contenidas y encanto algo cínico que intervino en algunas de las películas más exquisitas de las décadas de los 30 y 40,  está vinculada estrechamente a la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento histórico que le privaría de una pierna en la vida real y de la vista en la ficción. Si un francotirador alemán le causaría la pérdida de su pierna derecha en Arras, una explosión de celuloide le dejaba ciego en El ángel de las tinieblas (The Dark Angel, 1935), el arrebatado melodrama romántico de Sidney Franklin donde se disputaba con su mejor amigo Alan Trent (Fredric March), el amor de la dulce Kitty Vane (en la piel de Merle Oberon, actriz que parecía nacida para encarnar este tipo de heroínas).

Gerald Shannon, el personaje que encarnaba Marshall en esta singular obra, incapaz de regresar al lado de una amada a la que ya no podría ver jamás, y dejando el camino libre a su amigo-rival, pasaba de largo en el tren que le conducía a la localidad donde ambos le están esperando y se refugiaba en una bucólica posada donde los hijos de los propietarios, un grupo de niños que le tratan como a uno más (tal vez porque, sin el don de la vista, toman a este adulto que se abre camino en la oscuridad por una especie de niño torpe y grande), se acercan a él en busca de esas historias que sabe hilar de forma tan cautivadora. Animado por su nueva existencia, renaciendo de las cenizas de la guerra a través de la inocencia recuperada de la infancia, el ex combatiente acaba convirtiéndose, gracias a una fiel secretaria que transcribe sus dictados, en autor de libros infantiles, y de ahí a los brazos de la Oberon.

Pero ésta no sería ni la primera ni la última vez que Marshall ejercería la profesión literaria en la gran pantalla. Aún debería interpretar al célebre William Somerset Maugham en dos de las más logradas adaptaciones cinematográficas de sus obras: El filo de la navaja (The Razor’s Edge, 1946) y Soberbia (The Moon and Sixpence, 1942), con resultados excelentes. Anecdóticamente, la ceguera volvería a impregnar una interpretación de Herbert Marshall en la que sería otra de sus mejores películas, Su milagro de amor (The Enchanted Cottage, 1945), dirigida con pulso intensamente romántico por el especialista John Cromwell, donde daba vida a un pianista ciego que ayuda a difuminar los escollos del amor que nace entre una joven poco agraciada y un veterano de guerra con el rostro desfigurado.

Afortunadamente para nosotros, el talento de este gentleman londinense que, con su pierna ortopédica y su savoir faire adquirido en los escenarios ingleses, caminaba más erguido que otros galanes de menor enjundia, logró sobrevivir a la Gran Guerra y no quedó enterrado en ninguna trinchera del norte de Francia ni tampoco debió experimentar la ceguera de algunos productores del Hollywood clásico.  

martes, 19 de agosto de 2014

EL CLUB DE LOS ACTORES QUE NO MUEREN

El profesor John Keating, aquel hombre afable que nos enseñó a subirnos a nuestros pupitres mientras recitábamos los versos de Walt Whitman, ha querido marcharse a enseñar sus revolucionarios métodos pedagógicos a otra parte. Afortunadamente para él, el trayecto no lo ha efectuado en solitario, sino que se ha encontrado por el camino con una de las actrices que siempre admiró desde niño, la mítica Lauren Bacall, quien también acababa de descabezar un sueño eterno. Así, mientras ella le iba narrando anécdotas sobre Humphrey Bogart con sus brillantes ojos de siamesa, él la hacía reír a carcajadas empleando sus más desternillantes gags. Ambos pertenecen ya al Club de los Actores que No Mueren y han decidido por consenso que, en ese mundo que ya vislumbran más allá de los sueños, donde los infinitivos tener y no tener han perdido toda su relevancia, donde los actores en blanco y negro estrechan afectuosamente la mano de sus homólogos en color y alta definición, siempre mantendrán viva su entrañable amistad.


-¡Oh, capitán, mi capitán!  -le susurra Robin Williams a la Flaca, quien a su vez replica:

-Si me necesitas, silba, profesor. No hace falta que te explique cómo se hace, ¿verdad? Sólo tienes que juntar los labios y…

Por toda respuesta, el bonachón de Williams contrae la mitad de su rostro en un guiño a lo Popeye y empieza a recitar unas líneas que lleva madurando desde que sintió que sus pies ya no pisaban el asfalto de Hollywood:

-Pero sólo en sus sueños puede el hombre ser verdaderamente libre

-¿Tennyson? –inquiere la diva, exhalando con elegancia el humo incorpóreo de su cigarro de boquilla.

-No, Keating –responde risueño el ex docente de la Academia Welton, al tiempo que se detiene a contemplar la representación de El sueño de una noche de verano que su alumno favorito, el sensible Neil, ya convertido en duende Puck, les dedica a él y a la chica alta con voz ronca que le acompaña. Ninguno de los dos se da cuenta, pero en la concha del apuntador se perfila la figura del propio William Shakespeare…


Fundido sobre Hojas de Hierba, telón, títulos de crédito y THE END.


                              ©

lunes, 21 de julio de 2014

HOMENAJE AL MEJOR PROVEEDOR DE HOLLYWOOD


James Garner se ha ido, tal vez para fijar definitivamente su residencia en ese mítico oeste que ayudó a crear en la serie de TV Maverick, y en comedias del género tan entrañables como También un sheriff necesita ayuda y Látigo. Aunque el Gran Garner era demasiado versátil como para limitarse a los salones de juego del Far West y los suntuosos barcos-ruleta que surcaban las aguas del Misisipi y no tardó en probar suerte como el teniente de vuelo (y eficaz proveedor) Hendley de La Gran Evasión, ese tipo tan bien peinado que afirmaba haber bebido té una sola vez en su vida, cuando se encontraba convaleciente en un hospital, y que se las ingeniaba para conseguir los artículos más variopintos en los estrechos límites de un campo de confinamiento alemán. También en La americanización de Emily, junto a su querida Julie Andrews, se encargaba de suministrar los productos más selectos al general con quien servía de ayudante pocos días antes del Día D, siempre con su sonrisa infalible y la campechanía del americano típico que Hollywood proyectaba a través de actores como el mismo Garner, Glenn Ford, Van Johnson o William Holden.

Además, este inolvidable intérprete oriundo de Oklahoma formaría pareja en dos ocasiones con Doris Day en las divertidas comedias Apártate cariño y Su pequeña aventura, ambas realizadas en 1963, sería el ejecutivo de quien se enamora Natalie Wood en El potentado, y nos regalaría otros papeles tan inolvidables en films de los años 50 y 60 como el del marine que rompe las barreras interraciales al salir con una muchacha japonesa en Sayonara (donde el protagonismo recaía en Marlon Brando), el único soltero del grupo de casados que deciden ponerle un piso a Kim Novak en Una vez a la semana, el amnésico que recorre las calles de Manhattan en La mujer sin rostro, el comandante norteamericano raptado por un grupo de alemanes en 36 horas, el temerario piloto de carreras de Grand Prix, el amigo que ayuda a Dyck van Dyke a fingir su propia muerte en El arte de amar y el novio de Audrey Hepburn en La calumnia.

En los años 70, Garner se convertiría en una cara conocida en la pequeña pantalla gracias a la serie policiaca Los casos de Rockford, aunque ya se había metido en la piel de un detective con su habitual solvencia en Marlowe, detective muy privado en 1969. La década le vio participar en otro western satírico y antirracista, Los trotamundos, mientras que en los 80 conocería nueva popularidad como el gangster de Victor o Victoria, de Blake Edwards, donde repetía pareja con Julie Andrews, y el galán otoñal de El romance de Murphy, junto a Sally Field.

Volviendo la vista atrás, uno de los primeros papeles que logró este actor que ya no se encuentra físicamente entre nosotros, pero que jamás nos abandonará, fue el de un piloto de aviones experimentales en una película de 1957 que llevaba por título original Toward the Unknown (literalmente, Hacia lo desconocido). Por mi parte, te deseo un feliz viaje hacia esos territorios, amigo Garner.


Se me olvidaba. Si le ves, dale mis recuerdos a tu compañero de fuga Steve McQueen, que ya lleva unos cuantos años jugando al béisbol en solitario en la “neverra” y seguro que está deseando pedirte que le consigas un guante nuevo…

viernes, 20 de junio de 2014

Tantas estrellas como en el cielo


Estaban todos allí arriba cuando subí. El señor Jordan me recibió vestido con impecable traje oscuro al salir del avión y me acompañó hasta mi nube, que compartía esponjosas paredes con Fred Astaire y Ginger Rogers. Tras escuchar un hipnótico zapateado a mis espaldas, me encontré de súbito frente a Gene Kelly, sonriendo como los ángeles mientras cantaba I’m singin’ up a cloud. Hice ademán de ofrecerle mi paraguas, pero me di cuenta de que ya no lo llevaba colgado del brazo y de que tampoco llovía en aquellas latitudes. “Error de principiante”, oí que alguien susurraba. La pareja de bailarines que serían mis vecinos para toda la eternidad salió de su celestial camerino y se marcó un armonioso pas a deux, elegantes como dioses del Olimpo. Siguiéndoles con la mirada, avancé unos pasos hacia Ginger para pedirle el siguiente baile, pero Clarence, ángel de segunda clase, me sugirió al oído que probara suerte con la campechana Betty Grable, que era más de mi estilo. Aquellas piernas aseguradas en un millón de dólares en la tierra resultaron ser tan algodonosas como todo lo demás en el cielo. Juntos abandonamos bailando los platós de la Fox para adentrarnos en los coloridos decorados de la Metro sin mostrar nuestro obligado pase al vigilante. Dos calles más allá, al otro lado del arco iris de Oz, resplandecía el decorado de Brigadoon, donde Cyd Charisse aún no se atrevía a franquear el puente que demarcaba el límite de la localidad. La risa escéptica de Van Johnson, amotinado sin causa en semejante paraíso, me animó a cruzar y eché a correr por el brezal en busca de Cyd, que suspiraba porque otro viajero danzarín volviera a perderse en aquellas tierras. Sólo entonces descubrí que la mágica bruma se había vuelto a levantar, y que ya no podría regresar jamás a mi hábitat celeste. Siempre había creído que sólo los ángeles tenían alas, pero una sensación vertiginosa me invadió mientras mi cuerpo empezaba a elevarse en el aire hasta que el pueblecito escocés de cuento no constituyó más que un lejano punto en la distancia. El mareo desapareció al comprobar que, detrás de una nube familiar, un gramófono sin fluido eléctrico hacía sonar Heaven, I’m in heaven hasta el infinito.

Ginger y Fred aún seguían bailando al compás de Cheek to cheek cuando los tres marineros de permiso, el profesor Higgins y su bella dama, el americano en París, las siete novias y los siete hermanos, el rey de Siam, etcétera, etcétera, etcétera, me invitaron a formar un corro con ellos.


jueves, 13 de febrero de 2014

EKLAM Y LOS BÚHOS QUE LEÍAN EL PENSAMIENTO

La carretilla que arrastraba esforzadamente Eklam, el gnomo que habitaba con su familia los jardines de la casa encantada de Truffolk, chocó contra un pedrusco del sendero y le hizo tambalearse hasta caer al suelo. Repitiendo cuatro veces la frase Tei lops-ta!!, una exclamación característica de su familia que, traducida a nuestro idioma, quiere decir algo así como “¡Lluvia de gatos!”, se puso de nuevo en pie. “¿Desde cuándo está ahí ese obstáculo?”, se preguntó el gnomo, que acababa de recoger sus trece tréboles y cuarenta hojas de manzanilla diarios. “No recuerdo haberme tropezado nunca con ella”. Y volvió a añadir, todavía más enfadado: Tei lops-ta!!

El bueno de Eklam no tenía nada en contra de los felinos, animales con los que siempre se había llevado a las mil maravillas, pero no podía dejar de utilizar aquella expresión empleada por todos sus familiares en momentos de auténtica perplejidad, como por ejemplo, en el caso de que un día empezasen a llover gatos en lugar de gotas de lluvia. ¡Esa sí que sería una buena sorpresa para cualquier gnomo! ¡Gatos en lugar de gotas! ¡Cómo cambiaba el significado de las palabras si uno cambiaba las letras de sitio! Eklam se acercó a inspeccionar el estado de su carretilla de madera de boj tras la colisión. En la parte delantera se había abierto una pequeña brecha, de tal manera que casi todas las hojas de manzanilla y algunos tréboles habían empezado a diseminarse por el suelo.

–¡Todo el día trabajando para nada! –exclamó el pobre Eklam consternado–. Y para colmo se me rompe la carretilla. Ur shis menit!! Esto último quería decir ¡Qué más me puede pasar ya!, una frase que expresaba la poca fe que tenía el gnomo en que a lo largo del día le pudiesen ocurrir cosas mejores. Mientras gruñía entre dientes y se agachaba para escudriñar la brecha de la carretilla, murmurando divertidas expresiones de enfado con los ojillos entrecerrados, escuchó un sonido agudo procedente de las ramas de un árbol cercano. Era como el ulular de un búho, aunque al mismo tiempo había algo distinto en su inflexión. El sonido volvió a repetirse, si bien esta vez parecía haber sido emitido por más de un animal. Eklam conocía bien a todos los búhos de los jardines de la casa encantada de Truffolk, cuyo ulular nocturno había dado nombre a una mansión abandonada desde hacía siglos y en la que realmente no habitaba ningún fantasma, pero no conseguía identificar aquel extraño silbido. Poniéndose de pie otra vez sobre sus gordezuelas piernas, levantó la vista hacia la rama más gruesa del nogal que se erguía majestuoso frente a él. Allí se hallaban sucesivamente apostadas un grupo de aves nocturnas a las que el gnomo nunca había visto antes. Dos autillos cariblancos, un cárabo africano, un búho real, tres mochuelos de madriguera, un búho pescador y dos búhos lácteos formaban una curiosa colonia recién instalada en aquellos jardines.

­–Vaya, creo que no hemos sido presentados… Bienvenidos seáis. Mi nombre es Eklam, y vivo en estos jardines con mi familia. Hue zilayste!!

Con estas palabras, que significan ¡¡En mágico son de paz!! y constituyen el saludo típico de los gnomos de jardín, Eklam trató de entablar conversación con las aves que le contemplaban con sus ojos amarillos clavados fijamente en él desde la rama del nogal, apretujadas unas contra las otras en tan estrecho espacio y con sus penachos tensos y camuflados en una tonalidad parduzca.

–No tengáis miedo, amigos. Este lugar es tan bueno como cualquier otro. Al menos yo nunca he visto ningún fantasma, y aunque lo hubiera, estoy seguro de que sería inofensivo. Por cierto, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Acaso os habéis perdido?
El búho real, enderezando su egregio plumaje moteado de manchas blancas, miró al gnomo con gesto de reconocimiento y, para su sorpresa, se dirigió a él en un tono de voz que difería ligeramente del de los búhos con los que solía conversar.

–Ya sabemos que no hay espíritus en los jardines de esta casa, buen amigo gnomo. Es de los hombres de quienes huimos.

–¿De los hombres? –preguntó Eklam intrigado–. ¿Qué os pueden hacer? Vosotros vivís de noche y ellos de día. Cuando os despertáis, ellos duermen plácidamente. ¿Por qué huis de los seres humanos, si puede saberse?

El búho real se quedó callado un momento. Después cuchicheó en extraños chillidos intermitentes con sus compañeros de rama hasta que se hubo logrado un consenso.
–Buen gnomo, ¿sabrías guardar un secreto? Nuestro búho pescador afirma que a los de vuestra especie os gusta mucho la conversación, pero tanto yo como mis demás compañeros confiamos en tu discreción.

–Tenéis mi palabra de no revelarlo por las barbas rojas de Trigy-tix-soff, gnomo guardián del Monte Sagrado, aunque confieso que somos curiosos y locuaces por naturaleza.

–Agradezco tu sinceridad, buen gnomo. Entonces debes saber que nos hemos refugiado en estos jardines para evitar que una partida de hombres nos den caza por aprender a leerles el pensamiento. Sí, has oído bien. Todo ocurrió cuando uno de nuestros autillos cariblancos comió accidentalmente una baya llamada cabecita púrpura y empezó a gritar en voz alta los pensamientos de un guardia forestal, tres leñadores y un cuarteto de bandidos que se ocultaban en el bosque donde habitábamos. Aquello debía de ser contagioso porque, minutos después, toda la colonia de búhos era capaz de leer el pensamiento de los hombres. Estos ocho seres humanos, que nada tenían que ver entre sí, tanto los que cumplían la ley como aquellos que la ultrajaban, unieron sus fuerzas para expulsarnos de allí porque no deseaban que supiésemos lo que cruzaba por su mente. Hemos cambiado el frondoso bosque que nos vio nacer por unos jardines más pequeños pero en los que a nadie parece molestar nuestra presencia. Así pues, amigo gnomo, cuando te oímos exclamar Ur shis menit! por la rotura de una simple carretilla, no pudimos evitar llamarte la atención. ¿De verdad crees que te ha ocurrido algo tan grave comparado con lo que hemos sufrido nosotros?

Eklam terminó de escuchar la historia y, a continuación, lanzó uno de sus característicos silbidos tsuis, largo y agudo, mediante el que acostumbraba a convocar a sus familiares. Si aquellos búhos asustados podían leer también su pensamiento de gnomo, ahora ya sabrían seguramente que acababan de encontrar un hogar del que ningún ser humano se atrevería a arrojarlos en los jardines de la casa encantada de Truffolk.


miércoles, 29 de enero de 2014

Los encantadores de tormentas

Os invito a leer mi aportación al Concurso de Relatos de Viaje Vagamundos Moleskin 2014, una imaginativa propuesta literaria a la que tengo el placer de presentarme por tercera vez consecutiva. El relato con el que concurso este año lleva por título Los encantadores de tormentas y aúna el viaje a un lugar misterioso con la fascinación de la aventura marina heredada de maestros del género tan admirados por el que suscribe como son Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Jack London, R.M. Ballantyne  o Emilio Salgari. A la memoria de todos ellos va dedicado este texto con el que espero haceros pasar una agradable travesía lectora. ¡Buen viaje!



domingo, 5 de enero de 2014

REGALOS SALVAVIDAS



Abrió los regalos sin apenas ilusión. Después de todo, los había comprado él mismo. Una película de Woody Allen, un disco de jazz, la autobiografía de Groucho Marx y un ratón inalámbrico de color amarillo fueron surgiendo de entre los envoltorios de regalo. Incluso se había ocupado de añadir un paquete extra, aún sin abrir, cuyo interior encerraba aquella camiseta de rayas, a lo marinero marsellés o gondolero, que él jamás habría adquirido por su propia voluntad. No era difícil hacerse la ilusión de que otra persona la había buscado para regalársela. Avanzó dos pasos hasta la cocina americana, donde se sirvió una copa de sidra, y brindó consigo mismo ante el espejo, en el que creyó advertir una cierta desemejanza con la imagen que recordaba haber reflejado otras veces. No había en aquel apartamento de un solo ambiente ni un triste perro que le pudiese dirigir una mirada descreída al contemplar aquella farsa representada en la Noche de Reyes, ni un loro multicolor capaz de soltar una frase hecha en ese tono que a los humanos nos parece incomprensiblemente burlón, ni tan siquiera un gato siamés que, tras frotarse por un instante contra su pierna, le abandonara bostezando para entregarse a un plácido sueño en su mullida cuna. Estaba completamente solo. Abrió una ventana y dejó entrar el gélido aire de enero en el salón mientras ponía en funcionamiento simultáneamente el reproductor de DVD y el equipo de música. El ladrido de un perro vecino se mezcló con el verborreico diálogo de la película, intercalando sonido donde el director había concebido silencio, y la conversación entre dos señoras mayores en la calle se produjo a ritmo del sincopado ritmo del jazz de la Costa Oeste. Por su parte, el humor absurdo de Groucho Marx, combinado con las burbujas de la sidra, le causó un hipo tan pertinaz que se vio obligado a levantarse a beber siete traguitos de agua sin respirar. Cuando llevaba reteniendo el aire más de diez minutos, se acordó de que todavía no se había probado la camiseta de gondolero para ver qué tal le sentaba en aquel apartamento de Manhattan donde tantas personas hablaban a la vez con un fondo de música ligera y ladridos lejanos. Eso fue lo que le salvó de la asfixia.