domingo, 22 de diciembre de 2013

Muérdago

En este misterioso poema de Walter de la Mare, escritor inglés nacido en Kent en 1873, lo sobrenatural se alía con lo navideño de manera muy sugerente. ¡Feliz Navidad a todos! … ¡y felices besos bajo el muérdago!



Muérdago

Walter de la Mare (1913)


Sentado bajo el muérdago
de un color verde pálido feérico,
una última vela consumiéndose,
los adormilados bailarines ya ausentes,
a la tenue luz de una vela,
y las sombras acechando por doquier,
alguien llegó y me besó.

Fatigado estaba; la cabeza se me iba,
los ojos cerrados bajo el muérdago,
de un color verde pálido feérico.
No se oyeron pisadas, ni tampoco voz se escuchó,
mas mientras estaba allí sentado, en soñolienta soledad,
unos labios invisibles se agacharon en el calmo aire en penumbra
y me besaron. 


(©Traducción de Ricardo José Gómez Tovar)


Foto: Mistletoe-after-rain-Copyright-Jonathan-Briggs_LW


Mistletoe

Walter de la Mare (1913)

Sitting under the mistletoe
(Pale-green, fairy mistletoe),
One last candle burning low,
All the sleepy dancers gone,
Just one candle burning on,
Shadows lurking everywhere:
Some one came, and kissed me there.

Tired I was; my head would go
Nodding under the mistletoe
(Pale-green, fairy mistletoe),
No footsteps came, no voice, but only,
Just as I sat there, sleepy, lonely,
Stooped in the still and shadowy air
Lips unseen—and kissed me there.


jueves, 12 de diciembre de 2013

SOLIDARIDAD INDIRECTA


La cesta de Navidad pesaba lo suyo. No circulaba ni un triste taxi por aquel fantasmal barrio de oficinas, y el paseo hasta la boca de Metro o la estación de autobús más próximas no me llevaría menos de veinte minutos. Podía haberlo intentado. Siempre puede hacerse un sobreesfuerzo. Pero aquella tarde, con el cielo de diciembre ya oscurecido, y una gélida temperatura que te iba anestesiando lentamente hasta adormecerte la cara, no tenía voluntad suficiente como para realizar hazañas de ese calibre. Mientras abría y cerraba mi dolorida mano y pensaba en lo que haría para llegar a casa con aquel lastre obsequio de la empresa, reparé en que, unos metros más adelante, instalado en un ínfimo habitáculo pergeñado con cajas de cartón y mantas, había un ser humano. Entonces, sin saber de dónde me venía la fuerza, volví a levantar la voluminosa caja, que ahora parecía tan liviana como una pluma, y avancé hasta donde se hallaba aquel semejante a quien la sociedad de la que él también formaba parte le negaba un techo y un hogar caliente en unas fechas de vistoso llamamiento al amor fraternal. Cuando finalmente descargué la cesta sobre el suelo, unos ojos sorprendidos me miraron entre un gorro calado hasta las cejas y una gruesa bufanda que le cubría hasta la nariz. Y os diré algo que aún no he olvidado: la sonrisa que a continuación hizo relumbrar aquella vivienda de cartón me alimentó mucho más que todo lo que contenía la cesta que nunca llegué a consumir. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

SUPERHÉROES MINIMIZADOS

Os invito a leer el microrrelato que presenté esta semana al concurso “Relatos en cadena”.


Se durmió soñando que él también podía volar. Y que sus músculos llenaban sin esfuerzo aquel traje azul y rojo tan hortera con la “S” estampada. La fase REM le volvió invulnerable contra la kryptonita, y se sintió capaz de doblegar a todos los archivillanos del mundo con unos poderes que, en estado de vigilia, no le servían ni para cambiar el filtro del café. Acabó despertándole el áspero roce de un papel sobre sus párpados. ¿Sería la crema facial paralizadora de Lex Luthor? Abrió un ojo y reconoció la letra de Lois Lane:

“Hoy sacas tú al perro, Benito”.