sábado, 22 de diciembre de 2012

Tiéndeme una cuerda, hermano



Asomado al balcón, dejó caer atados a una cuerda los dulces que aquella Navidad, por decisión propia, se abstendría de comer hasta que en el horizonte ya invernal volviese a brillar una luz repartida equitativamente entre todos. Mientras veía descender lentamente los suculentos productos navideños, escuchó un siseo parecido al que él emitía y, levantando la vista, contempló al vecino de enfrente hacer lo mismo, con la única diferencia de que las viandas atadas a su cuerda eran embutidos surtidos. Ambos se miraron a los ojos y sonrieron al descubrir una faceta en el otro que jamás habrían sospechado. En aquel momento llegó a oídos de los dos otro siseo procedente del bloque de la izquierda y se volvieron al unísono para contemplar lo que ya suponían, seguido de un nuevo siseo surgido del edificio de la derecha. Regalos sin abrir, quesos aún no partidos en rodajas, piñas de cuerpo entero, melocotones en lata y turrones tanto duros como blandos fueron cubriendo gradualmente las fachadas de todas las casas de la manzana hasta bien entrada la madrugada.

Un mendigo que dormía al raso se despertó de repente y, al ver los edificios tapizados con cuerdas cargadas de alimentos y regalos, creyó que acababa de amanecer en el Paraíso.      

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Crónicas de un comercial en Marte


Todo empezó porque no sabía alemán. Mi madre siempre me había animado a estudiar idiomas. “Te llevarán lejos”, me decía. Lo que diría si supiese lo lejos que me ha llevado no saber hablar una de las lenguas que se empeñaba en que aprendiera. No podía evitarlo. Era superior a mí. Cada vez que escuchaba a alguien hablando alemán, me decía: “Antes aprendería marciano”. De hecho, cuando veía películas de ciencia ficción, el idioma empleado por los alienígenas de turno me resultaba más inteligible, más intuitivo, que la dichosa lengua germánica. Esto lo cuento para explicar el extraño rumbo que adoptaría mi vida poco después. Bueno, pues como no hablaba alemán ni tenía ninguna aptitud para aprenderlo y este idioma se convirtió en indispensable para encontrar trabajo en la España del año 2013, empecé a considerar otras posibilidades profesionales. Me llegaron varias ofertas de países europeos, que enumero a continuación:

-Aprendiz de Bobby londinense para emergencias por niebla. Me faltaban 10 cm para la altura reglamentaria (no paso del 1,63) y el casco me estaba grande. Además, con tanta niebla no me orientaba y acababa resbalando en el césped (todo era césped, por cierto). Una vez me metí en el jardín trasero del 10 de Downing Street y … ¿Para qué contar más?

-Segundo ayudante de farero en las Tierras Altas de Escocia. La faldita de kilt que llevaba puesta no calentaba nada, subir la escalera de caracol del faro me daba más vértigo que a James Stewart en la película homónima y la humedad era incompatible con mi naturaleza friolera. Además, me vi tantas veces Rob Roy y Braveheart (las únicas películas en dvd que tenía por allí el farero. Al primer ayudante jamás le vi el pelo) que acabé por aprendérmelas de memoria.

-Barquero-barítono de la Grotta Azzurra de Capri. La isla era preciosa y el clima ideal. El idioma, melifluo y la gente encantadora. Lamentablemente, mi voz no daba la talla y la entrada a la gruta me provocaba claustrofobia. Capri c’est fini!

-Pelador de cebollas para un restaurante especializado en sopa de cebolla en Bruselas. Lloraba todo el día como una magdalena. Para más inri, las coles se me indigestaban. Traté de presentarme a la oposición de euro-funcionario, pero me faltaba saber un segundo idioma y tenía los ojos demasiado acuosos para concentrarme en el estudio. Au revoir!

-Catador de quesos de bola. Ésta me llegó desde Holanda. Al principio muy bien, aunque todo me olía indistintamente a queso, la verdad. A las dos semanas, había engordado tres kilos. Entonces me ofrecieron trabajar como tintorero de tulipanes pero la alergia me impidió seguir en el puesto más de 6 días.

-Imitador del sonido de los relojes de cuco. Muy pintoresco al principio, sobre todo cuando estaba en el taller. Lo malo es que cada vez que me iba a pasear al campo (en Suiza casi todo es campo o montaña) y me ponía a silbar el sonidito de marras, me seguía a todas partes alguna hembra de cuco. Finalmente lo dejé para no pasarme de vueltas.



Cansado de recorrer Europa sin asentarme profesionalmente, contesté a una oferta de la NASA en la que pedían “gente con ganas de trabajar y ver mundo”. Como en ninguna parte de la solicitud se indicaba que hiciese falta saber alemán, chino o cualquier otro idioma impenetrable, accedí. Con el inglés americano no tenía problemas (eso sí, mi acento era parecidísimo al de John Wayne, ya que me había visto millones de veces sus películas del oeste en versión original), aunque bastaba saber español. No en vano, la oferta venía de Estados Unidos, donde el porcentaje de población hispanoparlante es lo suficientemente alto como para no preocuparse de si te lograrás entender en inglés o no.

Bueno, pues ahí arriba que me fui con un equipo integrado por seis españoles, tres portugueses, cuatro griegos y un italiano. Cuando digo arriba, quiero decir arriba. Ya sabéis, el espacio exterior y todo eso. Se trataba del primer vuelo tripulado con fines comerciales a Marte. ¡Qué emoción sentí! Mi primer trabajo fijo, y sin tener que saber alemán. Los marcianos son gente algo retraída al principio pero, en cuanto te los ganas, responden estupendamente. Me entiendo con ellos a las mil maravillas. Vamos por parejas, les dejamos un folleto y, si les interesa lo que ofrecemos, nos lo indican por telepatía. Ni os imagináis lo que se ahorra uno en teléfono.

En fin, os dejo, que aquí en Marte, hay mucho trabajo que hacer. La verdad, por ahora no tengo ni pizca de ganas de volver a España. Saludos desde Marte. Mamá, ya ves lo equivocada que estabas. Un beso para ti y otro para papá. ¡Ah, y gracias por la longaniza que me mandaste la semana-luz pasada!          

viernes, 7 de diciembre de 2012

Heracles se emplea a fondo


Hércules se limpió el sudor de la frente al ver la abrumadora fila de personas que tenía delante. ¿Acaso buscaban todas ellas el vellocino de oro? Mientras esperaba su turno, sacó unos documentos de la piel de león que le ceñía el cuerpo. El certificado de vida laboral, expedido en Micenas por su tío Euristeo, comenzaba con su primer trabajo en Nemea y terminaba refiriendo aquel viscoso asunto del can Cerbero en los Infiernos. Le habían aconsejado adjuntar una fotografía al CV, así que se había traído consigo dos lienzos: el que le pintó Pollaiuolo luchando contra la Hidra de Lerna y otro que le hizo Zurbarán, inmortalizado tal y como vino al mundo en pleno acto de asfixiar al felino de Nemea. Si le pedían referencias, Jasón o Atenea no tendrían inconveniente en escribirle una carta de recomendación. Hasta que le saliese algo, su compañero de hazañas Yolao le había ofrecido la vacante que ocupaba Teseo en “Viejas Glorias S.L.”, la empresa de mudanzas donde trabajaba. Nada muy mítico, claro está, pero suficiente para salir del paso. Como el fuego extinguido por el agua, Hércules sintió que su fuerza se debilitaba al ver su nombre sobre la tarjeta sellada.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El relevo generacional




–Déjala a ella que sea pájaro –dijo el padre, contemplando su disfraz de plumas.
–Volará hasta el cielo y ya no regresará –vaticinó angustiada la madre.



Se oyó un revoloteo tornasolado y el palomar comenzó a vibrar en clave de si. Dos blancas figuras se acercaron arrullando a los padres de Violeta.


–Bueno, ¿viene con nosotras o no?

Su hija avanzó a saltitos portando un papel y agitó las alas entusiasmada.


–Y pensar que fueron una especie tan prolífica y ahora tienen que reclutar mensajeros entre los humanos...


Describiendo un perfecto círculo celta en el aire, la niña gritó: ¡Jerónimo!  

miércoles, 21 de noviembre de 2012

CINCO AÑOS DE FINITUD


Este es el relato que he presentado la pasada semana a Relatos en Cadena, un concurso imprescindible para todo microrrelatista que se precie:




Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto. Ya no volverá a trabajar allí. El sonido sale patéticamente desafinado, como si sus notas hubieran olvidado formar escalas. Saca un espejito empañado y se mira en él. ¿Es ese reflejo doliente el mismo que, cinco años atrás, silbaba de alegría mientras emborronaba un papel? Le gustaría hacer magia con las ojeras de su exánime saldo bancario, pero de la manga no le sale más que un triste kleenex que ha absorbido su húmeda rabia. Manchándose de carmín los dedos, se dibuja el símbolo del infinito en la frente.

domingo, 11 de noviembre de 2012

LA DIGNIDAD ABARATADA… o la matemática de la patada


Hasta el día en que le despidieron, Jorge K. ignoraba que fuese un número. Pensaba que la sombra que había proyectado durante un lustro en la empresa a la que había dado lo mejor de sí profesionalmente era una sombra antropomorfa, pero al leer el contenido del sobre sorpresa que dejaron sobre su escritorio y bajar los ojos al suelo, tal vez buscando que éste se abriese de golpe y le tragase, comprendió que no había sido más que la escuálida sombra que proyecta una cifra. Entonces le asaltaron las dudas. ¿Habían contratado cinco años antes a su esencia humana o a su esencia aritmética? ¿Había estudiado filología o trigonometría? ¿Eran ecuaciones aquello que parecían metáforas o acaso el diagrama de Venn se había travestido de rima asonante para hacerle luz de gas? Jorge K. trató de buscar palabras que resumiesen el dolor que sentía ante aquel golpe bajo, pero el común denominador de todas ellas anuló su significado, convirtiéndolas en números primos y encima homófonos con complejo de raíces cuadradas. Sintiéndose ya un empedernido estudio de caso, una cobaya perdida en aquel modelo de muestreo aleatorio, salió como sonámbulo a la calle y cruzó la carretera, daltónico a los colores del semáforo. El concierto clamoroso de cláxones, el chirrido histérico de frenos y el griterío desaforado le hicieron bajar la vista hacia la tierra. Estaba tan concentrado en intentar descifrar la codificada maraña burocrática que envolvía sus papeles de despido que ni se había dado cuenta de que le habían atropellado. Lo que más le jodió fue que, ni aun incorpóreo ni subido a una nube, se libraba de ser un frío número más en una triste estadística de accidentes de tráfico.      

sábado, 10 de noviembre de 2012

Apuntes póstumos sobre Gedeón


"A la cola, como todo el mundo" era la frase más empleada en el asteroide Gedeón. Constituía nuestro deporte nacional instar al prójimo a que se situase detrás de nosotros; la vista más común, la espalda ajena. Nacíamos uno tras otro en filas de 100, cortejábamos esperando pacientemente nuestro turno, nos casábamos por docenas, una pareja después de otra, siempre en escrupulosa fila, siempre en riguroso orden de llegada. Si una anciana se caía de bruces, nadie la ayudaba a levantarse por no perder la vez en la cola...

Vimos la luz del misil, pero ninguno quiso abandonar la fila.




Con este microrrelato quedé finalista semanal del Concurso Relatos en Cadena, organizado por la Escuela de Escritores y la Cadena Ser, el 8 de noviembre de 2012, un día muy significativo en mi vida. Gracias a los organizadores del concurso y enhorabuena a Víctor, el ganador.

Este es el enlace de la publicación:

Y en este enlace podéis escuchar el programa del jueves:
Cadena Ser - La Ventana - Relatos en cadena


lunes, 15 de octubre de 2012

Jaque mate en una sopa de letras


Con esa exactitud tan característica de la ciencia, los libros se quedaron sin vocales. Habían dejado de interesar a los pocos que todavía las valoraban, un puñado de nostálgicos que recordaban con afecto las amarillentas cartillas con las que aprendieron el A, E, I, O, U. Entre complejas ecuaciones, los alumnos comenzaron a leer “Dn Qjt d l Mnch” en voz alta:

 “n n lgr d l Mnch d cy nmbr n qr acrdrm…”

Un círculo de poetas disidentes halló el medio de escribir sus rimas con tinta invisible. Matemáticamente, manos anónimas envenenaron su zumo de limón.

miércoles, 10 de octubre de 2012

La Musa del bodegón


Se presentó ante él con la plenitud de una fruta madura, alumbrada por encendidos colores perfumados por embriagadores aromas, aunque en el bodegón que reflejaba sus últimos años de vida artística la recordaba mucho más verde. Afirmaba haber venido a quedarse en su estudio, un desangelado cubículo en el que apenas cabía él y cuyos angostos límites no podían tolerar más que aquellos que han nacido con máculas de pintura en la retina. Deslumbró, encandiló, fascinó y cegó con sus múltiples capas de ocre, rojo y granza, sin dejar ni por un instante de mirarle a unos ojos que evitaban la exuberancia de su mirada. Ninguna de estas tretas dio resultado hasta que la recién llegada le descubrió su lienzo. Él se quedó entonces absorto ante aquella naturaleza muerta llena de vida, tan rebosante de madurez en su técnica como en la lozanía de los frutos recreados en la pintura. Buscó ahora la mirada que había evitado, absorbiendo su osadía, esa encarnada y jugosa máscara que aunaba el talento deseado y la inspiración perdida. Después avanzó hacia ella con avidez y le tapó los ojos con una mano. El espejo le vio estampar orgullosamente su firma en la tela.

jueves, 4 de octubre de 2012

El censor, el alumno y Botticelli


Sorprendido absorto en la Venus de Botticelli, el muchacho alegó:


–Me atrae su belleza.


–¡Te atrae su sensualidad! –corrigió el censor–. ¿Negarás tu deleite al contemplar su seno descubierto?


–No, señor.


–Entonces has pecado de lujuria.


–Y la dulzura de su mirada, el viento echando hacia atrás sus cabellos, ¿no es eso también belleza?


–Nada de sofismos. Un pecado es un pecado. No disfracemos la lujuria de belleza.


El muchacho cerró el libro y revivió en su memoria los delicados rasgos de la Venus, la perfección de su cuerpo. Era bello pecar, inocentemente, sin saber qué era el pecado…

viernes, 28 de septiembre de 2012

... Lo que puedas hacer hoy



Hasta chocarse contra una pila de maderos, Edmundo no fue verdaderamente consciente de la importancia de los dos recados que había dejado sin hacer. Sacó la lista del bolsillo y empezó a leerla en voz alta, dolorido aún a causa del golpe que se había dado contra aquellos colosos del bosque empequeñecidos, y preguntándose por qué razón un líquido espeso de color verde botella goteaba extrañamente de su codo derecho:



1. Amontonar los maderos en algún otro lugar que no sea de paso.

2. Tapar el bote de pintura de bungalows que dejamos abierto ayer.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El poder del bufón




Si lo lleva el bufón, es un gorro de borlas

Sobre los hombros de su señor, un título hereditario.


¡Cómo se reían ayer las pudientes calaveras de las bromas del gracioso!


El poder del bufón, esa risueña arma intemporal         
                                        
En las carcajadas que arranca está su filo,

su metralla sin pólvora en sus acrobacias.

Ríe, salta, haz mil muecas y brilla más que tu señor, querido bufón

Ojalá pueda algún día reírme del poder tan bien como tú.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Desorientación cromática



Dicen que si padeces dicromatopsia no puedes distinguir entre amarillo y azul. He leído en una revista médica que es debido a una diferencia en la longitud de onda con la que se captan los colores. Ondas, olas, mar…

Confundir el azul marino con el amarillo chillón, eso es lo que más me preocupa. Hace un mes, al asomarme por la ventana, me pareció ver el cielo amarillo y el sol azul, como si se hubiesen intercambiado los papeles tras un arrebatador empacho cromático. El azul marino del Canal de La Mancha, cuando lo sobrevolé de camino a Bristol hace dos semanas, refulgía de intenso amarillo como un girasol de Van Gogh, mientras que los trigales castellanos que vislumbré ayer desde el tren se me antojaban interminables campos azulados. El traje de comunión de mi sobrino me impresionó por su llamativo color el domingo pasado: una chaqueta amarilla de estilo marinero en la que yo no distinguía el azul marino por ninguna parte. Plátanos azulados, algo amarillo para la novia, nunca te vistas de azul sobre el escenario… Prefiero un cielo nublado a un cielo sereno y, si me apuráis, un cielo amarillo chillón a uno azul marino.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Telegrama desde Venecia



Aquí, en la cárcel, dictando mis memorias a Rustichello de Pisa. STOP. Me siento como un león de San Marcos enjaulado. STOP. Suspiro por ver el Puente de los Suspiros. STOP. Rodeado de tanta laguna, echo de menos el polvo de Samarkanda. STOP. ¡Ay, Gran Khan, qué tiempos aquellos! STOP. Y lo peor es este traje a rayas que tengo que llevar, que no se lo pondría ni un gondolero… STOP. Kublai, si supieras lo que daría por catar uno de esos platos de fideos chinos que me preparaban tus cocineros de Catay… STOP. Si me admites un consejo, creo que con un poco de salsa de tomate y queso del Ducado de Parma quedarían aún más sabrosos... STOP. Febrero. Ahí fuera, celebrando el carnaval, y yo todavía metido en esta celda. STOP. En cuando me dejen libre, subo al primer vaporetto que pase y no me vuelven a ver el pelo por el Gran Canal. STOP. Acabo de ver pasar a Casanova en una góndola. Ese sí que sabe corrérselas... STOP. Me da la sensación de estar sentado sobre un barril de pólvora. STOP. ¡Por fin libre para hacer lo que me dé la Real Gana! (Ay no, que Venecia es una República...). STOP. Salgo disparado para allá, Kublai. STOP. Llegaré en una o dos semanas, según la cantidad de tormentas de arena que soplen y la agresividad de los bandidos que asalten nuestra caravana por el camino. STOP. Un abrazo de mi parte para toda la Corte. Marco.


jueves, 13 de septiembre de 2012

Telegrama para Venecia




Saludos desde Samarkanda. STOP. Viaje peligroso por Asia Central. STOP. Caravana asaltada, incursiones bandidos, tormentas arena. STOP. He pasado tanta sed que me bebería el Gran Canal. STOP. Llevo puesta una máscara veneciana para protegerme del polvo del camino. STOP. Papá y tío Matteo me dicen que deje de hacer el ganso, pero qué quieren: ¡con diecisiete años y ya de gira por el mundo! STOP. Sigo en ruta, pero las cosas no van precisamente como la seda. STOP. El desierto de Gobi empieza a agobiarme. STOP. Si no aparece pronto el palacio de Kublai Khan, me vuelvo a Venecia aunque sea haciendo dedo. STOP. Que c’est triste Venise, recordar el ayer. STOP. ¡Qué nostalgia! STOP. Pues ya estamos en Catay. ¡Trabajo de chinos nos ha costado! STOP. Aquí, recorriendo el río Amarillo, aunque a mí lo que me tienen es negro de tanto hacer kilómetros. STOP. ¡Hombre, Kublai, dichosos los ojos! STOP. Llevo ya cincuenta y cinco días en Pekín. STOP. El Khan y yo hemos hecho buenas migas y me ha enchufado en la Corte. STOP. Lo tengo preparado, ya tengo los baúles… No, que al final me quedo. STOP. Ya os cuento. Besos, Marco.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Necesitamos a Hamlet


Cada vez nos resulta más necesario Hamlet. En estos días de caretas de poder y codicia, de empobrecimiento económico y depauperación cultural, de indignación generalizada, de adoración de becerros de oro deportivos y menosprecio de estandartes literarios, necesitamos aún más sus monólogos interiores y sus divagaciones de loco-cuerdo al contemplar la calavera de Yorick, el bufón. Decía Graham Greene, en su genial parodia de las novelas de espionaje Nuestro hombre en La Habana, que “todos deberíamos ser clowns”. Tal vez eso impidiera la formación de castas, la superposición de jerarquías, las odiosas comparaciones dirigidas a la humillación del que menos tiene, tal vez eso contuviera la mano del hombre que desea perderla en mil batallas con sus semejantes, tal vez así desaparecerían tantas otras miserias…



Todos Yoricks, todos bufones. Vistamos el uniforme del clown. ¿Qué podemos perder? Sigamos a Shakespeare, sigamos a Hamlet. Lo dijo él antes de dejar de respirar el corrompido aire de su reino: El resto es silencio.

viernes, 31 de agosto de 2012

Errantes...




Apenas quedó desierta la playa, comenzó el ritual. El sol se estaba ocultando con su anaranjado rubor en el horizonte y el agua empezaba a perder su color azul verdoso. Pronto la playa quedó envuelta en tinieblas y se empezaron a oír pasos invisibles avanzando cansinamente sobre la arena. Los fantasmas de los piratas que antaño asolaron la costa se paseaban nostálgicos por sus antiguos dominios tan pronto como los bañistas y adoradores del sol que se acababa de poner emprendían el regreso a sus alojamientos. La bandera filibustera ondeaba orgullosa en la vacía silla del socorrista y, aunque el fragor del tráfico se mezclaba con el bravío oleaje, en el aire flotaba una canción de herrumbrosos tesoros y barriles de ron.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Sueños y viajes estelares




Empieza la cuenta atrás… Uno… Houston, Houston, ¿dónde va un astronauta cuando pierde la fe en el espacio infinito? Dos… Quiero creer que encontraré algo ahí arriba, pero de momento sólo veo oscuridad tachonada de estrellas. Tres, cuatro… ¿Es eso que me acaba de pasar rozando un meteorito? Cinco… Uf, estuvo cerca. Seis, siete… ¡Allí, allí… es la estela de un cometa! ¿Eres tú el que viste nacer y morir a Mark Twain? Ocho… Me oculto en la cara oculta de la luna. No tiene nada de particular. Nueve… Perdido en medio de una nebulosa, no sabría decir qué es lo que estoy viendo. Si no es vida extraterrestre, se le parece mucho. Diez… Un momento, no puede ser… Estoy soñando… Houston, Houston. Cuento hasta diez y abro los ojos…


viernes, 29 de junio de 2012

In memoriam, Mr. Bradbury

Aquí os presento un microrrelato a través del cual deseo rendir agradecido homenaje a Ray Bradbury, gran creador de mundos de ciencia-ficción y extraordinario escritor, fallecido el 5 de junio de 2012 a la edad de 91 años.



Cuando desperté, Ray estaba en la habitación. Su mirada, oculta detrás de los cristales de sus gruesas gafas, aún estaba inmersa en el espacio ilimitado y desconocido que para él tenía la familiaridad del patio trasero de su casa. Mi sueño no había sido nada apacible, ya que me habían asaltado dos pesadillas. En la primera, unos extraños bomberos quemaban libros en un futuro desolador en el que una pantalla controlaba el pensamiento en cada hogar y la familia de carne y hueso había pasado a ser sustituida por un holograma; la segunda me inquietaba por sus imágenes de un hombre cuyo cuerpo estaba totalmente cubierto de escenas ilustradas que presagiaban horribles acontecimientos. Cuando le conté mis pesadillas, Ray no se inmutó. Es como si ya conociese su existencia, como si él también las hubiese soñado alguna vez. Después me preguntó si, ahora que estaba despierto, con la luz encendida, aquellos malos sueños me asustaban más que las noticias que había escuchado el día anterior o que las que nos tenían ya preparadas los medios de comunicación para sobresaltarnos con ellas a la mañana siguiente. “No, amigo Bradbury”, respondí, “la verdad es que me asustan mucho menos que las funestas y nocivas informaciones que tratan de socavar nuestra mutable estabilidad humana día tras día”.

“Eso es lo que yo pensaba”, me dijo sonriendo. Entonces, ya más tranquilizado, me volví a dormir y soñé con un mundo nuevo, con fantasías que corrigieran los defectos de la realidad, en el que el horror ya sólo fuese un mal recuerdo. Al despertarme, Ray Bradbury ya no estaba en la habitación. Sólo se veían sus gafas sobre la mesa, un exceso de equipaje para el viaje que ahora debía emprender. Había desaparecido físicamente de este planeta, pero tal vez no de la galaxia. Cualquier día, al mirar por mi telescopio, tal vez le vería cayendo de nuevo a la Tierra en una lluvia de Perseidas. 

domingo, 3 de junio de 2012

La Tesis de Perrin

... o Historia de Dos



No fue nada fácil ni tampoco parecía prudente, pero al final consiguieron vencer la resistencia de la puerta. Traspasando el umbral abierto de la Biblioteca de Literatura Inglesa de la facultad, los dos intrusos, jóvenes estudiantes matriculados en esta institución, respiraron los vapores de embriaguez de quienes están a punto de hacer realidad sus sueños. Superada la vacilación, el temor al castigo, la sensata renuncia, por fin dormirían el uno en brazos del otro, y los dos en brazos de Milton, Shakespeare, Elizabeth Barrett Browning y Charlotte Brontë. Ninguno de los dos lo sabía a ciencia cierta, pero habían leído en alguna parte que pasar la noche en una biblioteca era una de las experiencias más intensas que podían vivirse.



Si alguna vez tenéis la oportunidad de pernoctar entre libros, soñaréis con las historias que éstos encierran y dialogaréis libremente con sus autores, sin las ataduras de la lógica o la linealidad del raciocinio”.



La cita procedía de Mítica de Leer, de E.L. Perrin, eminente especialista en Lengua y Literatura Inglesa, Doctorado en Cambridge en 1967, Lector en las universidades de Harvard, La Sorbonne, Bolonia y Leipzig, y autor de dos obras de referencia en el campo del ensayo literario, la citada y Simbolismo y Características Generacionales de Joyce y otros Modernistas. Los dos jóvenes conocían las tesis de E.L.Perrin por empeño propio, pues aunque ambos estaban matriculados en la asignatura de Literatura Inglesa I, el programa de estudios del profesor desplazaba incomprensiblemente a Perrin a un peyorativo segundo plano, aglutinado entre nombres de envergadura intelectual mucho menor que la suya, bajo el epígrafe de Bibliografía Complementaria.



El haz amarillo brillante de la linterna les abrió camino en el bloque de oscuridad. De cuando en cuando alumbraba aquí y allá, revelando en el marco de su destello las Grandes Esperanzas de Dickens en tapa dura, descubriendo los Trabajos de Amor Perdidos en edición bilingüe o iluminando un Astrophil y Stella en rústica.



-¡Están todos!- Era la voz de la chica, tintada de emoción.

-Y en todo el curso no hemos leído ni un cinco por ciento de ellos…-añadió el joven, frunciendo el ceño con gesto descreído, mientras iba señalando con el dedo cada uno de los puntos de luz.

-No importa –contestó la chica, apretando la mano de su acompañante con la satisfacción de la íntima complicidad–. Esta noche soñaremos con todas sus maravillosas historias.



Al llegar al pie de la ventana, desplegaron el saco de dormir sobre el crujiente entarimado y se desplomaron encima de él. La tensión de hacer algo prohibido les había dejado extenuados. Los dos sentían las piernas pesadas y la boca reseca, pero no querían dormir todavía. La verdadera emoción consistía en asimilar todas aquellas obras. Las restantes asignaturas del curso, como ya bien sabían por experiencia, apenas les dejaban  tiempo para leer. Y había tanto que leer. Él la atrajo hacia su pecho, que subía y bajaba como un émbolo descontrolado, y ella pudo escuchar de cerca su respiración acelerada. Ninguno de los dos estaba muy seguro de querer empezar una relación en serio, siendo inexpertos en la materia como eran, y aunque ambos habían leído a Blake y estaban plenamente de acuerdo en que “el amor, el dulce amor, ya no se consideraba pecado”, sentían un miedo cerval a dar el primer paso. Por eso habían acordado que aquella noche simplemente dormirían el uno al lado del otro. Aunque impaciente, el nocturno Eros aún podía esperar a que se unieran físicamente en otra ocasión. Los dos estaban deseosos de adquirir ese conocimiento carnal que les pedía ya a gritos una mirada más larga y acariciadora de lo habitual, un aliento tan cercano que casi se podía libar en él o el tacto de sus manos entrelazadas. Sin embargo, aquella noche sólo permanecerían el uno junto al otro, rodeados de las más perfectas historias jamás escritas, las cuales descansaban respetuosamente en las estanterías de la sala oscurecida, aunque tal vez sus cuerpos se unieran en las extraordinarias divagaciones de sus sueños, en aquellas variaciones literarias que Perrin aseguraba que podían soñarse. La chica fue la primera en quedarse dormida, relajada en los brazos de su acompañante. Éste trataba de concentrar su pensamiento en los libros con que le gustaría soñar aquella noche. Visitó el ondulado país de Thomas Hardy en Lejos Del Mundanal Ruido, las Tierras Estériles de T.S. Eliot, las mansiones revisitadas de Brideshead y cayó en un profundo sueño mientras se hallaba a bordo de la cubierta del Patna de Lord Jim.



Leemos en páginas escritas por otros las propias páginas de nuestra vida. Quien se acerca  por primera vez a una historia lo hace porque, de algún modo, bien en parte o en su totalidad, literal o aproximadamente, ya ha vivido una situación parecida en el pasado, la está viviendo en el presente o le gustaría vivirla en un futuro inmediato”. (E.L. Perrin).



Despertaron antes de las ocho, como habían planeado, para que no les descubriera ningún conserje más madrugador de la cuenta. Cargaron el saco de dormir al hombro y abandonaron la biblioteca entre bostezos y desperezos. Una última mirada a los libros que tanto amaban y una mirada soñolienta entre ambos. Los jóvenes se miraban reflexivamente, preguntándose si el uno se sentiría tan defraudado como el otro, deseando conocer sus mutuas revelaciones pero reacios a comunicarse aún. ¿Tendría el otro algo que contar? ¿Se habrían diferenciado sus sueños de aquella noche pasada de los de tantas otras noches? ¿Y si Perrin sólo fuera un teórico? ¿Y si hubiera hablado simplemente en sentido metafórico y ellos hubieran ido mucho más lejos, al permitirse la libertad de tomar sus ideas al pie de la letra? A decir verdad, los dos tenían la sensación de que no sólo sus sueños de aquella noche pasada no habían diferido sustancialmente de los de otras noches, sino que la reminiscencia que de ellos poseían era mucho más vaga y difusa de lo habitual. Ninguno recordaba la más mínima huella literaria en los posos depositados sobre sus desactivadas vías neuronales. Ni el más leve vestigio de haber dialogado con Shakespeare sobre la naturaleza de la enigmática “Dama Oscura” de sus Sonetos o de haber entonado hasta quedarse afónicos junto a Keats su emotiva “Ya estoy contigo. Tierna es la noche…”. Tampoco ninguno de los dos era consciente de haber ampliado su conocimiento por haber respirado el mismo aire de aquellos libros egregios. Seguían teniendo el mismo ansia de penetrar en sus cifradas esencias, en mayor medida si cabe que antes por la frustración y ridículo de que empezaban a sentirse presas. Y sin embargo su propósito había sido tan serio, su ingenuidad tan hermosa. Entonces ella habló.



-¿No ocurrió nada, verdad? Lo que quiero decir es que tampoco a ti te pasó, ¿me equivoco?



La muchacha le miró a los ojos con sinceridad. No había por qué ocultar lo evidente. Él respondió al momento, agradecido de que los labios de ella hubieran eclosionado tan oportunamente en la baldía gravedad del silencio.



-No, al menos no lo que habíamos pensado que ocurriría.



Idéntica franqueza, seguida de instantes de silencio. Los ojos de él ya no huían, pues encontraban recíproca comprensión en los de ella. Reconocido el fracaso, automáticamente se desvaneció todo sentimiento de haber hecho el ridículo. Sonrieron liberados. Después de todo, y aunque no hubiera sido en circunstancias muy cómodas, habían dormido juntos por primera vez. Era fácil darse cuenta de que aquella no había sido una experiencia malograda o equívoca. Tal vez sus efectos se dejaran sentir más tarde, en algún otro momento de sus vidas. Tal vez lo que E.L.Perrin había querido decir es que no se puede adquirir conocimiento más que a través del conocimiento. La lectura era la única manera de leer en el interior de aquellos libros. Ninguna otra maniobra humana o artificial podría nunca sustituir a la íntima experiencia de descubrir todo un mundo de símbolos, ya fuesen nuevos, insólitos, buscados con ahínco o profundamente ignorados, en los infinitos mundos que hormigueaban en cada libro. La chica comprendió de repente todo esto, y la súbita comprensión enriqueció su mirada con un aire de madurez que el joven encontró irresistible. El apasionado beso que plantó en sus labios pareció insuflado por una repentina inspiración de Eros, el único personaje de libro que al parecer había yacido junto a ellos, ya que a partir de entonces los dos jóvenes no dejaron de besarse, dejando espacio entre ósculo y ósculo para leer todas las historias que no habían conseguido asimilar en sueños durante aquella primera y única noche que pasaron en la biblioteca.



En el Libro, que es la Historia, también está contenida la Vida, que a su vez encierra el Todo, una de cuyas partes es el Libro” (E.L.Perrin).

lunes, 16 de abril de 2012

THE FEAR GLASS SHATTERS


The ceiling of the room grew a few inches higher and the walls seemed to widen strangely, as if they had just acquired the secret knowledge leading to the conquest of gravity or the challenge of volumes and dimensions. No one moved and everyone winced with swimming heads and swaying minds, their mouths gaping at the strange phenomenon that their eyes were watching. “The Earth is shaking”, one of the voices cried. “No, it’s the sky which is lowering”, said another. Faces became stolid with fear, anxious with uncertainty and the colour vanished from almost all cheeks. What rational explanation could be found for such a strange thing? Wasn’t the room bigger now by all accounts? Weren’t the walls wider than they were a few minutes ago? The party that peopled the room, made up of two women and three men, more than half of them in their cups before the unaccountable phenomenon took place, exchanged baffled glances and giggles that clamorously failed to shrug the matter off. Too much had changed in too short an interval. An eternity enclosed within an instant. The ones who seemed tipsier put the whole thing down to the dizziness that had overcome them as soon as the strong wine and fancy liqueur hit their veins and said that there was nothing wrong with the fact of the room having expanded in every direction. On the contrary, the sober members of the party announced dramatically their helplessness and the danger that they were exposed to, without saying exactly what made them feel threatened or endangered. Only one of the latter, a girl who hardly ever said a word, and who had taken in just a drop of the weakest concoction served during the party, remained calm and composed.
 

“Maybe we have shrunk, and that’s why the room looks bigger and the walls wider to us”, remarked the silent girl.

“What do you mean by that?”, inquired an angry lady with dipsomaniac eyes, her trembling lips betraying the discomfort she felt at such a wild remark.

“I don’t know how to put it precisely”, replied the girl, “but perhaps we have grown too fearful and gloomy lately. We have grown so accustomed to taking such a dim view of things that somehow it’s like we have shrunk ourselves. The room is the same as before, but we have grown smaller through negative thinking”.

The girl stopped at that. She seemed to be exhausted from having discussed the matter at length and now she relapsed into her former quiet ways. The angry lady stood still for a moment, her anger gradually abating as she reflected on the girl’s words. She probably was right. Blackness pervaded most conversations, low spirits prevailed among people when meeting other people, preventing them from making an effort to cheer up even under the bright perspective of sunny skies and a warm breeze to match. That sinking feeling transmuted into that shrinking feeling. Financial crisis merged with emotional bankruptcy, leaving everyone shortchanged as far as hopes and illusion were concerned. “It’s true”, finally erupted the angry lady. “We have shrunk through seeing only ugliness and despair, through concealing beauty and the bright side of things!”.

Now that the silent girl and the angry-looking lady shared a similar line of thought, the room did not look so much bigger to them as to the other people occupying it, who clang to their highballs for comfort or cowered in corners with closed eyes to numb their awareness of an extraordinary fact they failed to understand. These people, whose befuddled condition was not so much the result of the alcoholic beverages they were steeped in as the outcome of constantly thinking for the worse, were now watching the other two intently. Nonsensical sounds emanated from their lips, as if they tried to articulate words that their minds could not focus on letting out. One of them, a young man with a daring manner who fancied himself a poet, rose up from the stool on which he was seated and, dropping his glass, adressed the shy girl saying: “I now shatter my drinking vessel to a freethinker’s health!”

The remaining party, as if just startled out of a nightmarish dream, started to knock about the room aimlessly. They did not seem to be as drunk as they were a few minutes before and, what is more, they did not seem to find the room any bigger or the walls any wider now. The quiet girl eyed them one by one as if she were daubing them with a coat of warmth or layering them with a crust of glee. She remained silent all the while, a high priestess conducting rites of high hopes among her devoted followers. It was at that very moment that the aspiring poet proposed his toast to the freethinker’s health again and was joined in it by all the members of the recently-established congregation. If the room resumed its former dimensions nobody noticed it, probably because all of them had grown too big for such a small change to leave an impression on them.





Los añicos del miedo


El techo de la habitación creció unos cuantos centímetros en altura y las paredes parecieron ensancharse extrañamente, como si acabasen de adquirir el conocimiento secreto que conducía a la conquista de la gravedad o al desafío de volúmenes y dimensiones. Nadie se movió y todos hicieron un gesto de dolor. La cabeza les daba vueltas, la mente les oscilaba de un lado a otro y todos permanecían con la boca abierta contemplando el extraño fenómeno que presenciaban. “La tierra está temblando”, gritó una de las voces. “No, es el cielo, que se ha bajado”, dijo otra voz. Los rostros se volvieron estólidos a causa del miedo, se tiñeron de la ansiedad propia de la incertidumbre y el color se desvaneció de casi todas las mejillas. ¿Qué explicación racional podía existir para un suceso tan extraño? ¿Acaso no había aumentado de tamaño la habitación, se midiera por el rasero que se midiese? ¿Es que las paredes no eran ahora más anchas que hace unos minutos? El grupo congregado en la habitación, compuesto de dos mujeres y tres hombres, más de la mitad de los cuales ya se hallaban en estado de embriaguez antes de que se produjera el inexplicable fenómeno, intercambiaban desorientadas miradas y risas nerviosas que fracasaban estrepitosamente a la hora de restarle importancia al asunto. Había cambiado demasiado en un intervalo demasiado corto. Una eternidad encerrada en un instante. Los que parecían más achispados lo atribuyeron a la sensación de mareo que se había apoderado de ellos en cuanto el fuerte vino y el licor de fantasía entraron en contacto con sus venas y afirmaban que no veían nada malo en el hecho de que la habitación se hubiese ensanchado en todas direcciones. Por el contrario, los miembros sobrios del grupo anunciaron melodramáticamente su sensación de impotencia y el peligro al que se veían expuestos, sin aclarar exactamente qué era lo que les hacía sentirse amenazados o en peligro. Sólo uno de estos últimos, una muchacha que casi nunca abría la boca para decir nada, y que tan sólo había ingerido unas gotas del brebaje más inocuo servido durante el transcurso de la fiesta, permanecía en calma, manteniendo la compostura.

“Tal vez nos hayamos encogido, y por esa razón la habitación nos parece más grande y las paredes más anchas”, observó la silenciosa joven.

“¿Qué quieres decir con eso?”, inquirió una señora airada con ojos dipsómanos, sus temblorosos labios traicionando la incomodidad que sentía al oír una observación tan atrevida.

“No sé exactamente cómo expresarlo con palabras”, replicó la joven, “pero quizá nos hemos vuelto miedosos y sombríos últimamente. Nos hemos acostumbrado a ver las cosas tan negras que, en cierto sentido, es como si nosotros mismos hubiésemos encogido. La habitación sigue siendo la misma de antes, pero nos hemos empequeñecido a fuerza de pensar negativamente”.

La chica se detuvo llegado este punto. El esfuerzo de hablar largo y tendido sobre el tema parecía haberla dejado exhausta y ahora retomaba su forma de ser tranquila. La señora airada se quedó inmóvil durante un instante, y su ira fue amainando gradualmente a medida que reflexionaba sobre las palabras de la muchacha. Probablemente tenía razón. La negrura impregnaba la mayor parte de las conversaciones, el pesimismo prevalecía en los encuentros entre las personas, impidiendo que éstas hicieran un esfuerzo por mostrarse alegres incluso bajo la luminosa perspectiva de un cielo soleado y una cálida brisa que lo complementase. La sensación de que todo se hunde se transmutó en una sensación de que todo se encoge. La crisis económica convergió con la bancarrota emocional, devolviendo cambio de menos en las transacciones de esperanza e ilusión. “¡Es cierto!”, exclamó finalmente la señora airada. “¡Nos hemos encogido al ver solamente fealdad y desesperación, al ocultar la belleza y el lado optimista de las cosas!”.

Ahora que la joven silenciosa y la señora airada compartían una línea de pensamiento similar, la habitación ya no les parecía tan grande como a las otras personas que la poblaban, quienes se aferraban a sus vasos largos de cóctel para reconfortarse o se escondían miedosamente en los rincones de la sala con los ojos cerrados para insensibilizar su conciencia ante un hecho extraordinario que no acertaban a comprender. Estas personas, cuyo estado de confusión no era debido tanto a las bebidas alcohólicas en las que se habían empapado como al resultado de pensar constantemente en lo peor, ahora observaban a las otras dos con atención. Sonidos incoherentes emanaban de sus labios, como si trataran de articular palabras en las que su mente no consiguiese concentrarse lo suficiente como para dejarlas salir. Uno de los presentes, un joven con mirada desafiante que se consideraba a sí mismo poeta, se levantó del taburete en el que estaba sentado y, dejando caer su copa, se dirigió a la muchacha tímida diciendo: “¡Ahora hago añicos mi copa a la salud de una librepensadora!”


Los restantes congregados, como si acabasen de despertarse sobresaltados de una pesadilla, comenzaron a dar tumbos por la habitación sin rumbo fijo. No parecían estar tan borrachos como lo estaban unos minutos antes y, lo que es más, ahora ya no parecían encontrar la habitación más grande ni las paredes más anchas. La chica taciturna les fue contemplando uno a uno como si estuviese rociándolos con una pátina de calidez o aplicándoles una espesa capa de regocijo. Permaneció en silencio durante todo este tiempo, una alta sacerdotisa conduciendo ritos de esperanzas elevadas entre sus devotos seguidores. Fue precisamente en este momento cuando el aspirante a poeta propuso por segunda vez su brindis a la salud de la librepensadora, al que se le unieron todos los integrantes de la recientemente fundada congregación. Si la habitación retomó sus antiguas dimensiones, eso es algo que nadie percibió, probablemente porque todos ellos habían crecido tanto que tan nimio cambio no les produjo impresión alguna.


miércoles, 11 de abril de 2012

A GLARING LIGHT INSIDE EL CID’S TENT


The good warrior was keeping night watch at the farthest border of Castile. He did not seem to be smitten by the cold night air any more than he was by drowsiness or the sheer outrage of being forced to sleep out in the open by decree. Then he saw a glaring light shine from inside El Cid’s tent –never a braver warrior rode on a horse-, as if an angel had descended upon it. The sentinel sauntered warily towards the glaring tent, not allowing the glimmer to dazzle him off guard, and upon looking in he beheld the Campeador in the throes of a heavenly slumber. “May the night grant you a sweet rest, my Liege, and visions to guide you throughout your banishment!”





LUZ EN LA TIENDA DEL CAMPEADOR


El buen guerrero montaba guardia en la frontera última de Castilla. El frío no parecía herirle más que el sueño o la afrenta de dormir al raso por decreto. Entonces vio salir un resplandor de la tienda del Cid -nunca tan en buena hora cabalgó varón-, como si un ángel hubiese descendido sobre ella. El centinela avanzó cauto hacia la luz, sin dejar que el brillo deslumbrara su alerta, y al mirar dentro creyó ver al Campeador en los brazos de un celestial sueño. “¡La noche os dé dulce tregua, mi Señor, y visiones que os guíen en el destierro!”


Microrrelato en versión bilingüe, de Ricardo José Gómez Tovar

lunes, 9 de abril de 2012

THE DULL MIRROR

What can you see there?
asked the voice behind my voice.
Is it Light, is it Darkness?
Come hither, it said beckoning to me
Come nearer, the voice was heard twice,
alluring, enticing, staring into my eyes.
A Well of Wishes, such thing it offers
A handful of dust, most likely what you’ll grab.


What did you find there?
asked the voice behind my voice.
Was it Light, was it Darkness?
I went thither, I went nearer
Nothing came of it,
a full void in my arms,
only a shadow, a faint vagueness,
a self-reflection in a dull mirror,
a seldom-ignored chance to delve
into the uncharted courses of the heart.


(A poem by Ricardo J. Gomez Tovar)

lunes, 2 de abril de 2012

LA GUERRE EST FINIE


Si hubiera que definir La Guerre Est Finie en dos rápidas pinceladas, diría que es cine de ideas plasmado en lúcidas palabras y a través de imágenes de gran plasticidad. Hacia 1966, año de producción de la película, aunque oficialmente terminada la Nouvelle Vague, Resnais construye un film modélico, que retoma los rasgos más innovadores de dicho movimiento (diálogos de textura literaria, preocupaciones existenciales, filmación en las calles, etc.) y los dota de una cualidad allí ausente, la coherencia de forma y contenido. Así, sobre la base que le ofrece al gran guion de Jorge Semprún a partir de su novela, y contando con el concurso de la veteranía y saber hacer de un otoñal Yves Montand, quien presta a la perfección su rostro al del exiliado en crisis de identidad personal y política, Alain Resnais retrata en el luminoso blanco y negro a una “generación perdida” que prepara desde su destierro parisino la organización de la Huelga General en la España de 1963. Película cíclica, que comienza y termina con un automóvil cruzando la frontera, película de carretera, en la que el viaje es una constante que puede avanzar el desarrollo de la acción en cualquier momento, película de tesis, en la que una voz en “off” nos advierte, a modo de narrador omnisciente, de hechos y acontecimientos que están a punto de suceder o que las imágenes por sí solas no nos muestran, película de diálogos y al mismo tiempo de silencios, que igual nos describe minuciosamente cómo se falsifica un pasaporte, que nos revela los ecos más profundos de la mente de los personajes, en suma, cine mayúsculo.

http://youtu.be/L0eVESagcQs

lunes, 26 de marzo de 2012

The More Loving One

QUELLO CHE AMI DI PIÙ








Looking up at the stars, I know quite well

Guardando nelle stelle, so assai bene

That, for all they care, I can go to hell,

Che, fosse per loro, potrei andarmene all'inferno

But on earth indifference is the least

Peró nella terra l'indifferenza è la minima cosa

We have to dread from man or beast.

Che dobbiamo temer degli uomini o delle belve.




How should we like it were stars to burn

Magari ci piacerebbe che fossero stelle briciando

With a passion for us we could not return?

di una passione per noi che non potessimo ricambiare?


If equal affection cannot be,

Se non può esistere una parità di affetti

Let the more loving one be me.

Lasciami essere quello che ami di più.






Arriba tenéis mi traducción al italiano de un extracto de Homage to Clio, de W. H. Auden. Que la disfrutéis.