jueves, 1 de febrero de 2018

CONFIDENCIAS DE UN VECINO DE PUNXSUTAWNEY

 Hace ya 25 años que la película “Atrapado en el tiempo” (Groundhog Day) ayudó a popularizar en todo el mundo las (supuestas) dotes meteorológicas de la entrañable marmota Phil. Para sumarme a la celebración del cuarto de siglo que cumple esta obra maestra del cine contemporáneo dirigida por Harold Ramis y protagonizada por el gran Bill Murray, os invito a leer el siguiente microrrelato narrado en primera persona por el venerable animalito. En directo, desde Punxsutawney para Pittsburgh TV… ¡Feliz Día de la Marmota a todos! Happy Groundhog Day!



Créditos fotografía: Silvers Family 
La verdad es que no tengo ni idea de cuándo llegará la primavera, aunque estos tipos enfundados en frac y sombrero de copa se empeñan en depositar en mí sus esperanzas año tras año. Me sacan de mi confortable caja todos los 2 de febrero, con el frío que hace por esas fechas, y dan por sentado que, al ver mi propia sombra, voy a predecir el tiempo de los próximos meses. En realidad, estoy tan dormido que ni sé muy bien lo que hago (después de todo, ¿qué quieren? Soy una marmota). Tengo la impresión de que todos los días me despierto a la misma hora, con la particularidad de que siempre es el mismo día: 2 de febrero. Mi psiquiatra, el único amigo que me entiende de verdad, dice que lo que me ocurre es que estoy obsesionado con el tiempo y que, en lugar de en el nevado Punxsutawney, me creo que estoy en la soleada Miami.

He oído el clic de las cámaras. Buenos días, excursionistas. Hace frío, y lo seguirá haciendo mientras dure el invierno. Esto es Pensilvania, no os confundáis con Florida. ¿Hasta cuándo? No sabría deciros. Mejor se lo preguntáis a ese otro Phil, el hombre del tiempo que se parece a Bill Murray, antes de que vuelva a pisar el charco de agua helada, oiga ladrar al mismo perro de siempre y empiece a creerse inmortal.


      

sábado, 23 de diciembre de 2017

OÍDOS QUE NO OYEN, CORAZÓN QUE SIENTE


Nadie sabe exactamente cuándo llevó tío Arturo su armónica al Monte de Piedad, pero debió ser antes de Nochebuena. Era una majestuosa Hohner chapada en oro, con la cubierta negra laqueada, y sus lengüetas producían unos sonidos tan mágicos como la misteriosa persona que se la regaló. Desde que tengo uso de razón, la armónica siempre estuvo en casa de mi tío, descansando armoniosamente sobre el secreter de caoba. Y es que la personalidad de aquel anciano adquiría nuevas dimensiones si la Hohner se hallaba junto a él, aunque solo fuese dentro del bolsillo. Algunos decían que aquel pequeño instrumento de viento era su “pata de conejo”, pero creo que se trataba de algo más profundo, una comunión insólita con el espíritu de la persona que, tiempo atrás, le hizo un obsequio tan especial. Esto justifica el impacto que recibí cuando, una mañana de enero, mientras recorría el salón de su casa, noté la ausencia de la armónica. Al preguntarle qué le había ocurrido a su instrumento, me contestó enigmáticamente:
 “Algunas cosas solo se explican conociendo la historia que hay detrás, pero tendría que bucear en mis recuerdos para contártela…”.

Transcurrieron semanas después de aquella conversación y la armónica siguió sin aparecer. Fue a mediados de febrero cuando encontré la carta bajo un pisapapeles. Era la factura de un audífono emitida a nombre de una tal Alicia. Entonces mi mente se iluminó al imaginarme a una Alicia juvenil comprando enamorada la armónica de tío Arturo. La dibujé escuchando absorta aquella música que entretejió su romance y sus envejecidos oídos despertando a la vida gracias al audífono. Y comprendí por qué mi tío no podía tocar los sonidos que ella era incapaz de oír.


Epílogo
La Hohner volvió al lugar donde pertenecía meses después, aunque una vecina de tío Arturo afirmaba haber escuchado música de armónica mientras el instrumento dormitaba plácidamente en el Monte de Piedad.





Autor: zoë biggs

miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA ÚLTIMA VOLUNTAD DEL “ORBISON”



Querido amigo:

La función ha terminado. Todo salió según tus deseos. Deposito esta nota, junto a un ramo de flores, sobre tu lápida. Nunca te tomé en serio cuando, siendo adolescentes, afirmabas que te gustaría que sonara “Stairway to Heaven” en tu entierro. Aún me parece escucharte:

Mientras me lloráis, yo iré subiendo entre grandiosos compases de rock progresivo. Y os diré adiós desde arriba...”.



Jamás imaginé que sonase tan pronto para ti, amigo. ¿Recuerdas cuando en la pandilla empezamos a llamarte “Orbison”? Con aquellas gafotas y tu corpulencia, cada vez te parecías más a Roy, el cantor de las mujeres guapas. ¡Y lo que te gustaba ese apodo! Seguí tus instrucciones al pie de la letra. El viejo Sanyo M2420 color antracita dio la representación de su vida y la cassette del sello Atlantic irradió un sonido casi cuadrafónico. Ni siquiera se salió la cinta.

Hoy amaneció lloviendo, pero el sol decidió resplandecer inesperadamente en tu funeral. Es curioso. Cuando volví al coche, en el espejo retrovisor se reflejó una silueta de escalera tendida sobre el arcoíris. Y creí verte subiéndola, peldaño a peldaño, hasta perderte en ese estudio de grabación donde amansan las enfermedades al son de guitarras eléctricas.

Seguro que eras tú, Orbison. Siempre fuiste un tipo afortunado.